Las siete carcajadas de Papá Jaime
Por: Javier Uribe
5/11/2012
En lo que estoy de acuerdo con Papá Jaime –mi norte–, es en su propuesta para mejorar el ánimo. En eso sí. Dice que los monjes tibetanos se ríen solos. Como los presentadores en el noticiero del Día de los Inocentes, que se desternillan y uno no sabe por qué.
Aunque es arriesgado, por una vez, me voy a apartar de mi consejero, Papá Jaime –mi luz–. En su columna habitual nos dice: “… hice el ascenso al monasterio en el Tíbet hace algunos años, donde realicé un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, sin comida, en silencio y tomando únicamente agua y orines”. Discrepo. Yo prefiero la dieta de las proteínas. Adelgaza más rápido. O la dieta de las malteadas que venden esos amigos que no corren con suerte en el empleo.com. Me parece más digno adelgazar así. Además, sacar la visa para ir al Tíbet ya es más difícil que ayunar cuarenta días. Por eso, de hacerla, preferiría que fuera en el monasterio de las Carmelitas Descalzas. Claro, siempre que me autoricen uso de pantuflas, porque además de hambre, frío en los pies suena tortuoso. Esa es mi opinión. Cada quien verá si hace la dieta de Papá Jaime. Lo único que sí recomiendo a los que se animen es que los orines sean propios. Los riñones lo agradecerán.
En lo que estoy de acuerdo con Papá Jaime –mi norte–, es en su propuesta para mejorar el ánimo. En eso sí. Dice que los monjes tibetanos se ríen solos. Como los presentadores en el noticiero del Día de los Inocentes, que se desternillan y uno no sabe por qué. Para lograr esa risa, Papá Jaime nos presenta la siguiente técnica: inhalar profundo; contraer el vientre y guardar el aire cinco segundos; dibujar una sonrisa en los labios, exhalar mirando hacia arriba y emitir una fuerte carcajada. Ojo, hacerlo siete veces seguidas. Quiero, de manera testimonial, decir que la técnica me ha servido. Mis neurosis se han vuelto llevaderas. No pierdo la cordura con la ligereza de antes. Hace tiempo no estrello el televisor contra la pared cuando veo a los actores intentando sin suerte ser graciosos en la entrega de los premios TV y Novelas. No he vuelto a chocar mi carro contra un semáforo después de ver una película de Dago García para librarme del enfado. Y ya no tengo el sueño recurrente y perverso de hacerles la cera en el omoplato a los hermanos Cardona cuando los veo ejerciendo su única virtud: ser hermanos de Manolo. Controlo la ira y el odio gracias a esas siete carcajadas.
Claro, la técnica no es perfecta. No funciona en todos los casos. En mí no opera cuando leo a Gabriel Meluk, el de El Tiempo. Menos cuando lo veo mechudo y dejado a su suerte en close up pontificando. Ahí no me sirve la técnica de Papá Jaime. Abre uno el periódico y se encuentra con una columna en la que Meluk, genio y figura, juguetón, solo usa palabras terminadas en “teo” por tratarse de una opinión sobre Teo Gutiérrez: “… puso el eslabón final a su largo conteo… El sábado, su parloteo… Lo peor fue el revoloteo… fue un boicoteo... en pleno golpeteo… amenazó con un tiroteo… no será jamás un jugueteo... se habla de un replanteo… tuvo un puñeteo (sic)… les sacó el glúteo… como un pisoteo… dejó chupando lácteo”. ¿Puede ser ese el editor del periódico más importante del país? Ahí comienzo a sulfurarme. Me arranco el pelo. Hago chillar las vértebras de la nuca. Porque la creatividad de Meluk es inagotable en la misma proporción que detestable. Y termina mezclando su opinión con el sermón de las siete palabras de Cristo en la cruz con la delicadeza que sigue: “¿Por qué me has abandonado? Cúcuta no encuentra reversa a su crisis. Estarás conmigo en el paraíso. Que Huila no renuncie (…) Tengo sed. Equidad hace un campañón (sic). En tus manos encomiendo mi espíritu. Nacional se encomienda todo a la Libertadores”. En ese momento grito iracundo, presa de la ira por el facilismo. Transfigurado y exacerbado por la mediocridad. Y, entonces, aplico la técnica de Papá Jaime. Me calmo con las siete carcajadas. Complemento la técnica amarrándome un cilicio en una pierna y metiéndome en bola a la laguna de Guatavita.
Salvo en esas situaciones extremas, la técnica funciona. Por eso, en esta oportunidad quiero atreverme a hacer la siguiente sugerencia: quienes seguimos con lealtad la obra literaria de Aura Cristina Geithner no entendemos cómo Marcelo dos Santos, el mismo hombre que le inspiró a la actriz-escritora el verso: Morbosa tu voz/ cuando el reloj se atreve a mirarme/ desnuda/ con encajes/ sin ellos (…) Morboso tú, yo/ morboso arriba, abajo/ mi inspiración, hoy la desprecie tanto.
La pareja no se cansa de hacer público su odio mutuo. Se hablan en estos términos: “…ella se enredó emocionalmente con sus compañeros de escena en dos ocasiones… ambos caballeros casados…”, dice él. “Era un hombre prepotente, que producía miedo. Era machista. Ya había nacido el niño cuando me tomó por el cuello fuertemente”, dice ella. Y yo les digo: Auris, Dos Santis –y me disculpan el diminutivo–, ensayen la técnica de Papá Jaime. No hay nada que perder. Puede ser que estén a tiempo. Dejen atrás esa década nefasta. Como dice el colombiano: la peor diligencia es la que no se hace; dibújense una sonrisa, miren arriba, emitan siete carcajadas. Si no funciona –que puede pasar–, váyanse para el Tíbet. Lleven a Meluk. Y no vuelvan. No nos hagan lo que nos hizo Papá Jaime.
SOHO.COM.CO COPYRIGHT©2010 PUBLICACIONES SEMANA S.A.
Todos las marcas registradas son propiedad de la compañía respectiva o de PUBLICACIONES
SEMANA S.A.
Se prohíbe la reproducción total o parcial de cualquiera de los contenidos que aquí
aparezca,
así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.