Para que no tenga que correr (o volar) hasta la enciclopedia, le recordamos que el primer piloto al que se le documentó con absoluta seriedad un vuelo en avión es brasileño. ¿Lo recuerda? Alberto Santos-Dumont, que en 1904, hace la friolera de 100 años, le comentó a su gran amigo Louis Cartier lo difícil que era cronometrar sus experimentos aeronáuticos con un reloj de bolsillo porque necesitaba mantener las dos manos en los controles de la aeronave. Era bastante complicado quitar las manos del timón para sacar un reloj de bolsillo y chequear el tiempo.
Cartier, juicioso, se puso en la tarea de solucionarle a su amigo el problema. Lo central era resolver el asunto de un modo funcional. Se le ocurrió, entonces, sacar el reloj del bolsillo y unirle a cada extremo una pequeña correa para que el piloto se lo amarrara en la muñeca. De modo que si necesitaba consultar el reloj, no hacía falta que se distrajera: con el simple hecho de desviar por un instante la mirada, sin necesidad de hacer absurdos malabares para tener que sacarlo del bolsillo en pleno vuelo, ahí estaba dentro de su campo visual.
Lo que Cartier hizo, más que diseñar un objeto tan práctico como estético, fue inventar el primer reloj de pulsera de su marca, ni más ni menos: el primer reloj de pulsera para hombres de toda la historia.
Porque era eso, justamente. Se trataba de una máquina funcional y masculina que contrastaba con los pocos relojes de pulsera de la época, que eran femeninos. Poco después le regaló al aviador la pieza, bautizada Santos, un reloj cuadrado y plano que tenía una correa de cuero para amarrarlo a la muñeca. Santos-Dumont nunca más despegó sin su reloj. Y los hombres, desde entonces, podemos andar con las horas no en el bolsillo sino en la muñeca.
Estamos hablando de un elemento que tiene fondo de clásico: el Santos sigue siendo uno de los modelos más reconocidos de Cartier y su diseño no ha cambiado sustancialmente a través de los años, aunque varios modelos han sido añadidos a la línea. De puro clásico: el Santos nunca ha necesitado colores, exabruptos en la forma, algo que lo incruste en una tendencia momentánea, porque está por encima de los pequeños espasmos de la moda.
El centenario se lo celebraron oficialmente en Rio de Janeiro, con una fiesta ofrecida en un hangar del aeropuerto que lleva su mismo nombre. Toda la farándula brasilera y las modelos más bonitas de ese país se dieron cita allá, en una fiesta minimalista y soberbia, elegante, sofisticada y generosa, en la que recordaron al piloto que necesitaba un reloj para llevar a la mano. Seguramente en cien años harán otra y botarán la casa por la ventana pero, mientras tanto, la recomendación es una sola: regálese el reloj que aprendió a volar de la mano de un brasileño eterno.

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