Es un cronógrafo de excepción, sin duda. La caja, de 41 mm de diámetro, es de acero noble cepillado, con bisel del mismo material. La esfera de rutenio (para su información, elemento químico, un metal duro, blanco, manejable solo a altas temperaturas) es la base de todo: el símbolo de Omega en aplique, índices horarios facetados, totalizadores plateados con números romanos en aplique para la función de cronógrafo y, justo a las 11, una ventanilla para la fecha, dejando ver tres números, truncando los extremos y dando el exacto en su parte central.
Con 52 horas de reserva de marcha y mecanismo de doble ruda de pilares, el De Ville incluye tornillos de acero azulados, además de cristal de zafiro convexo, imposible de rayar y antirreflejo. Hermético hasta 100 metros bajo el agua, viene acompañado por una pulsera negra de piel de cocodrilo.
Tantos detalles puestos al servicio del tiempo no merecen otra mueca que la suya. Lo importante es no olvidar que cada día, entre doce y una, las manceillas le hacen dos silenciosos pero precisos homenajes a la casa relojera Omega.

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