(Breve demostración de la existencia de los amores a primera vista)


La primera flecha de Cupido que en Barcelona me atravesó por culpa de una desconocida, lo hizo en la ventana que da al maloliente patio del edificio en donde vivo. El apartamento, compartido con amigos, está en un quinto piso sin ascensor; mis vecinas son casi todas ancianas solas, abandonadas y bastante maltrechas. Por el patio me llegan ecos de programas de radio, gritos por el teléfono a algún familiar en el campo, discusiones de ventana a ventana acerca del matrimonio del príncipe o el precio de las verduras. Pero hace unos meses, entre ese ruido ya asimilado, nítida, nueva, cada mañana que me sentaba a trabajar, empezó a llegarme la voz de mi nueva vecina de abajo. Hablando, cantando, soltando unas carcajadas roncas que me producían un ligero sarpullido y tartamudez en el codo izquierdo. Cuando la vi en el pasillo de la escalera y superpuse a esos ojos inteligentes y amarillos, a ese cuerpo joven y esbelto, la voz que ya conocía; supe que estaba perdido.
Empecé a salir para cruzármela en la escalera, pero parecía que ella no podía verme. Bajaba los escalones de dos en dos muy ligera y sonriente, salía cantando a la calle, nunca dirigió sus ojos a mi pobre, pero honrada humanidad. Una mañana, oí que llamaba a su compañera de apartamento a desayunar, que hablaban de ir juntas a la universidad. Y todo con esa voz. Me decidí. Saldría de nuevo, le preguntaría cualquier cosa, buscaría una disculpa para invitarla a tomarse un café. Esperé en la baranda de mi pasillo a que se abriera su puerta hasta que salieron las dos (con otra persona presente sería más difícil, pero respiré profundo, saqué pecho y eché a andar). Cuando pisaba los primeros escalones volví a mirar hacia abajo: en el pasillo mi vecina y su amiga parecían una sola persona. La otra sujetaba a la una por las nalgas, la de la voz de madera le correspondía recorriendo con los dedos sus angulosas vértebras: olvidadas de todo, enredadas en uno de esos besos mañaneros con que los amantes se cargan para salir a la calle llenos de vida.
Pasaron unas semanas y yo, poco agradecido con los astros por haberse visto mancillado mi honor, convoqué a los hados y les pedí que me trajeran un nuevo amor.
Los hados respondieron con contundencia, y en la plaza de mercado de la Boquería me hicieron descubrir a una mujer que, con un poco de suerte, se encargaría de demostrarme la transmutación efectiva de los amores platónicos en amores reales. Yo había ido como cada semana a comprar frutas y verduras. Noté que uno de los puestos del fondo tenía nuevos dueños. Al principio vi sólo a un viejo campesino andaluz con su boina, hablando con la tendera del puesto de al lado, pero cuando me acerqué y di la vuelta para comprar unos aguacates me di cuenta de que del otro lado del local atendía su hija. Su hija era una mujer morena, alta, de ojos claros, siempre sonriente. Me atendió como si fuera un cliente de toda la vida, como si nos conociéramos desde chiquitos. Me mostró las mejores frutas, me dejó escoger, me hizo rebaja, me despidió con una sonrisa blanca que a mí me pareció salida de Andalucía profunda, bebida en esas tierras iluminadas.
Compré lechugas cada tres días sólo para verla. Siempre las mismas sonrisas, los mismos gestos, la misma cercanía sin palabras. Hasta que averigüé a qué hora salía y me armé de valor. Mientras esperaba enfriando las nalgas sobre una losa de cemento, pude escuchar la conversación que ella mantenía con su padre y su hermano en la trastienda. La joven, la misma que cuando se reía formaba hoyuelos en las mejillas, que movía sus manos delicadas sobre esas frutas maravillosas, la que cuando preguntaba “qué más deseas”, me producía taquicardia; estaba hablando de los sudacas. Se había topado con algún peruano que le había pedido rebaja, y afirmaba que en su pueblo sí los tenían a raya, a los sudacas, como se lo merecían; que no entendía por qué aquí a esos mugrosos se les permitía ser dueños de negocios, llevar a los hijos al colegio, comprar en el mercado como a cualquier vecino. Que la ponía de los nervios cuando le llegaba un americano, un indio miserable, a darle órdenes, a quejarse de los precios. “Deberían expulsarlos a todos. Parásitos”, concluyó. Antes de que se abriera la puertecita del local tuve tiempo de levantarme, caminar de puntillas entre los puestos desmantelados y sacar de nuevo a mi esqueleto a la noche catalana.
Empeñado en que lo de los amores a primera vista no podía ser sólo un mito, y defraudado para siempre de los hados; la perseverancia mantuvo mis sentidos alerta. En algún lugar tendría que estar escondida esa mujer dispuesta a ver en mi lánguida figura al hombre de sus sueños.
Apareció después de unas semanas, en la pequeña cafetería que estaba junto al portón de mi edificio. Era distinta a las demás. Tenía unos 35 años, era rubia, muy voluptuosa, con unos gruesos labios rojos y cada mirada suya era un desafío. Parecía esconder dentro de ese cuerpo historias de mares nórdicos y peleas con vasos rotos en las cabezas. Siempre que yo pasaba a tomarme un café, a leer el periódico, me soltaba frases como anzuelos. Que porqué estaba tan solo. Que porqué el color de mi ropa. Que su marido siempre estaba de viaje. Que su apartamento estaba sobre la cafetería. Alguna vez hasta me regaló café, y apoyando los codos y otros dos argumentos contundentes sobre la barra, con fingida inocencia quiso saber quién me hacía compañía por las noches.

Así es que alguna tarde, recorriendo una librería del centro, el órgano pequeño y lento que está dentro de mi cráneo sacó conclusiones. “El amor a primera vista existe”, dijo. “Y se puede convertir en amor carnal”, agregó. Y estimulado por el llamado, mi agudo esqueleto decidió moverse. Impetuoso bajo la llovizna. Atravesando calles, remontando andenes, chapaleando en parques. Cuando giró la última esquina, era ya de noche.
Un carro de policía y una ambulancia estaban sobre el andén, frente a mi edificio, y había un corrillo de mirones. Me acerqué; sobre las cabezas vi a dos camilleros que salían con su carga de la puertita, al lado de la cafetería. Un vecino me lo explicó sin que se lo preguntara. El cuerpo que llevaban debajo de la sábana, la muerta, era la rubia de la cafetería; su marido había regresado de viaje y la había encontrado en la cama con otro hombre. Antes de que la camilla blanca desapareciera entre las fauces abiertas de la ambulancia, pude ver cómo las luces de las patrullas iluminaban los sinuosos pliegues de la sábana. Después metí las manos en los bolsillos y me fui a dar una vuelta por el barrio.

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