Lo que hicieron Dayamandra, Iftikhar y Mahish, a pesar de los exóticos nombres, no tiene nombre. Suyo es un récord que no encuentra antecedentes en la historia de la resaca universal: diez meses de guayabo y solo ahora el mundo viene a enterarse de la cuestionable marca. Aunque, sea dicha la verdad, en su experiencia hay de todo menos marcas cuestionables. De hecho, todo gira alrededor de las mejores.

En julio del año pasado Dayamandra Kumar, Iftikhar Hyder y Mahish Chandra, ejecutivos de la oficina londinense del Barclays, acompañados por Ruth Cove, de la filial neoyorquina, y otros dos colegas que no han podido –ni querido– ser identificados, se pusieron cita en el restaurante Petrus (de Londres y del chef Gordon Ramsay) para celebrar un negocio que les costaría el puesto. Y 62 mil dólares, unos 143 millones de pesos.

El abrebocas de la cena fue una botella de Montrachet 1982 que se evaporó en los minutos justos para elegir una delicia con muchas casillas a la izquierda del punto: Château Petrus Bordeaux 1945, por el que pagaron $38.000.000. Intentaron repetir la dosis, pero la cava apenas pudo ofrecerles un Petrus 1946 ($31.000.000). Libaron entonces copas con un Petrus 1947 ($56.000.000). El remate corrió por cuenta –estaba cerca la cuenta– de un Château d’Yquem 1900, con el siglo repartido en $30.000.000. La charla de celebración quedó cerrada con $16.000 de tabaco, agua mineral (diez botellas, $350.000), algunas copas de champaña y dos cervezas.

También comieron, pero la gira mágica por los vinos les significó que la casa invitara. La prudencia que no tuvieron para ordenar botellas quedó reservada para la hora del pago, porque fue con sus propias tarjetas de crédito que cancelaron el vino de su última cena.

Cuando la presidencia del banco se enteró de la entretenida comida, dispuso que se despidiera a ejecutivos de tan mayestáticos paladares. Ellos sufragaron los vinos, pero se consideró que daban pésimo ejemplo a una compañía comprometida con la austeridad. Cinco de los seis banqueros tuvieron que desfilar por la oficina de personal, quedando “vivo” sólo Hider, quien pudo seguir vinculado a la casa porque a ella acababa de entrar y los superiores consideraron que no tenía la autoridad suficiente para detener el abuso. Por eso y porque, acogiéndose a los beneficios de la delación tuvo agallas para “servir” en bandeja a sus compañeros de juerga, salvó el pellejo.

El guayabo por haber perdido puesto y sueldo va en diez meses y, con la fresca referencia en diarios británicos y norteamericanos sobre la aventura, habrá dolor de cabeza para algunas semanas más. Cuando la tormenta amaine, los alegres compadres podrán sentarse a
recordar viejos tiempos. Todo el mundo sabe dónde van a reunirse, pero quizás no pasen del agua mineral, los tabacos y las dos económicas cervezas. Quizás…

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.