Hace pocos días me entrevisté en Los Ángeles, California, con una mujer que me contó cómo, durante cuatro años, siete hombres –al menos una vez a la semana– habían tenido sexo con ella. Hasta ahí no existe mayor novedad en la historia. Pero pasan cosas. Pasa que entonces esta mujer era menor de edad, pasa que tuvo una hija no sabe aún de cual de los siete, pasa que estos hombres son sacerdotes de la Iglesia católica, pasa que ella pertenece a una de las minorías en los Estados Unidos y pasa que esos mas de doscientos encuentros sexuales fueron en contra de su voluntad. Otra vez, otro caso de abuso sexual de menores por parte de representantes de Dios en este planeta.

Algunos de ustedes dirán que esto no sucede únicamente con curas, que también hay abusadores de menores médicos, economistas, vendedores, actores y hasta periodistas. La diferencia es que uno no manda a sus hijos a buscar orientación espiritual y educación, ni a los hospitales, ni a los bancos, ni a los supermercados, ni al cine, ni a los periódicos, sino, precisamente, a los colegios e iglesias, cuyos rectores y párrocos son sacerdotes a los que se les confía la etapa más importante de un ser humano, que es no solamente aprender las cosas más elementales que forman el conocimiento sino saber distinguir entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la razón y el corazón. Así comienza nuestra vida.

A esta niña de entonces, hoy madre y mujer, los padres de la Iglesia, en los predios de un lugar para muchos sagrado, la obligaban a satisfacerlos. Como si no fuera suficiente, un día cuatro de ellos la invitaron a la playa de Venice, en Los Ángeles, y mientras las niñas de su edad patinaban, tomaban el sol y se divertían libremente con amigos, ella entraba a un hotel a esperar que por su cuarto pasaran, uno por uno, a deleitarse con su cuerpo. Una niña… cuatro hombres adultos, sacerdotes.

Ellos se protegían con preservativos, pero pasan cosas y un buen día ella resulta embarazada. Le sugieren y casi obligan a practicarse un aborto. Esta posibilidad fracasa y los mismos curas la envían a Filipinas para esconder el problema. Pasan muchos años y esta valiente mujer en medio de una silenciosa acción legal rechaza una oferta de tres millones de dólares y rompe su silencio para
contarle al mundo lo que vivió y cómo no desea que esta historia se repita en otros menores.

Por supuesto que en su contra aparecen dudas: la del violador que siempre argumenta la satisfacción de la víctima, tantos años sin un reporte a la policía, la tímida acción de la madre ante un reiterativo delito y el hecho de que la denuncia aparezca en el boom de quejas contra iglesias y clero norteamericano. Ella tristemente reconoce que estos siete angelitos siempre la hacían sentir culpable y que delatarlos hubiera sido un pecado. Para muchos abogados la prueba reina es el frustrado intento de arreglar su silencio con dinero por fuera de la corte.

¿Por qué no pasan cosas? Muchos pensarán que están pasando: diez cardenales gringos citados en el Vaticano, el presidente Bush reclamándole estos hechos al Papa en su reciente visita a Roma y los anuncios de la Iglesia rechazando estas conductas. La realidad es que no pasa nada, la opinión pública no siente en estos testimonios el peso de la ley ante un evidente delito. También por culpa de las víctimas se calculan billones de dólares en arreglos por fuera de la ley, o sea impunidad, perdón y olvido de los hechos. Pero el valor y concepto de dignidad de esta mujer no son suficientes para estar en paz con su pasado. La situación de su hija, una jovencita que también enfrenta al mundo y a la eterna incógnita sobre su padre, la obliga a una permanente ayuda sicológica. Para poder decir que en este episodio pasan cosas, la arquidiócesis de Los Ángeles, la más grande de los Estados Unidos, debería estar al frente de esta cruzada para entregar a estos personajes al menos a la luz de su comunidad, independientemente del caso judicial que deben enfrentar.

Cuando le pregunté al final de nuestra charla sobre su relación con Dios y con la Iglesia me dijo en voz muy baja que había terminado, que no quería saber nada de él. Pasan cosas, terminó pagando los platos rotos nuestro Señor, perdió dos fieles por cuenta de unos individuos que definitivamente no eran sus representantes en la tierra. Será que siguen oficiando misa… ¿Será que eso tampoco le importa a la Iglesia?

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