Aunque fue hace mucho, no puedo olvidar la cara de asombro del pintor español. No miento si digo que se encontraba extasiado, como si hubiera entrado al reino de las mil y una noches. Había llegado a Bogotá en la mañana de un sábado y lo primero que se nos ocurrió fue llevarlo a dar una vuelta por la calle 22: éxito total. ¿Qué podía ver el amigo pintor en esa horrible calle llena de ladrones, expendedores de droga y gamines? Que supiera hasta entonces, lo único bueno que allí había era el delicioso pan de El Cometa. Pero no, estaba equivocado, parecía haber cosas interesantísimas que mis cansados ojos ya no sabían ver. Tenía que ser porque, además, no se trataba de un español recién desempacado de Oviedo: venía directamente de Río de Janeiro en donde había vivido varios años.

Desde luego que pensé en lo obvio: esos extranjeros se descrestan con cualquier cosa y encuentran realismo mágico por todas partes. Sin embargo, de aquella experiencia me quedó una inquietud que luego convertiría en un arma contra la rutina. Hay que mirar la ciudad en que uno vive con otros ojos; siempre es posible encontrar alguna sorpresa. Tal actitud ha dado sus frutos: he conocido una Bogotá muy interesante con los ojos de una brasileña y otra rarísima en la compañía de una gringa.

¿Cómo será Bogotá vista con una afgana?

La idea, esta vez, fue un poco diferente. Pasar por extranjero, o por colombiano que hace mucho tiempo no viene a Colombia. Rumbear una noche como un turista. Recordar a Bogotá como la recordaría un fugaz ejecutivo coreano o tailandés. Coger un taxi y decirle “lléveme a sitios raros, a donde no van los turistas”. Complicado. Pero no por el atraco, sino porque eso es lo que dicen los turistas en todas partes del mundo. “Quiero conocer el flamenco auténtico”, “quiero escuchar un fandango no prostituido”. Y claro, el taxista termina llevándolos a un sitio lleno de turistas que buscan algo raro.

Ese era el peligro. Por eso había que contactar a Elberto. Elberto había sido el guía de León Talef, un desaforado e insaciable adolescente francés, hijo de los amigos de un amigo, que había pasado ‘bomba’ unas semanas en Bogotá. Las mejores de su vida. Todavía cuando sus padres le preguntan a qué lugar del mundo quiere ir en las próximas vacaciones, contesta sin vacilaciones: “¡A Bogotá!” Francés, joven y con plata (al amigo casi lo quiebra y eso que es judío y siquiatra): no parecía difícil que se impresionara. Era para desconfiar un poco; podía tratarse sólo del típico caso de realismo mágico potenciado por el furor juvenil. Yo no quería propiamente tomarme cocteles afrodisíacos de langosta viva en el 20 de Julio, ni conocer los habitantes clandestinos del basurero de Doña Juana, ni enamorar a una ex reina de belleza costeña. Con todas las dudas y objeciones, el camino era Elberto. Había qué contactarlo.

Salimos a las siete de la noche. El plan se ve interesante aunque un tanto absurdo: ir a ver una pelea de gallos, jugar tejo; luego recorrer algunos bares y discotecas. Vamos a la gallera San Miguel que resulta ser todo un pequeño estadio. No está muy lleno pero hay muy buen ambiente. Los galleros preparan sus gallos, circula el dinero en grandes fajos; la adrenalina es muy alta. Al lado mío hay una señora que grita frenética por el gallo colorado. “20 a 16, me voy con el pinto”, me dice otro señor al lado. No entiendo nada, le pido ayuda a Elberto: “apuéstele $10.000 al colorado”. Voltean el reloj de arena: empieza la pelea. Dura cinco eternos minutos. Gana el pinto. Quedo aburrido pero iniciado. El señor se da cuenta y me vuelve a retar en la siguiente pelea: $20.000 al ‘más pintadito’. Dudo. Cuando le digo que sí, pero $10.000 y yo me voy con ‘el más pintadito’, es tarde, la arena ya ha empezado a caer. “Bueno, qué carajo, apostemos”, se arrepiente el señor. Gana ‘el pintadito’. O sea, gano y el hombre no se inmuta, no me paga. No me animo a cobrarle, prefiero desquitarme con Elberto diciéndole que
se coma toda su carreta de “la palabra sagrada del gallero”.

En La Veleñita hay más tranquilidad y resulta un buen contraste para bajar la intensidad de la pelea de gallos. Hay canchas de minitejo para las mujeres y para los aficionados. Las grandes son para los duros. Elberto me propone jugar pero prefiero no hacer el oso (no soy francés ni político) y ser únicamente un turista observador que se toma una cervezas y se contenta con conocer las reglas del juego. Quedo convertido en todo un experto. Aunque no sé bien para qué.

Bueno, suficiente color local, le digo: es la hora de los bares y del baile. Elberto propone ir a Salamandra. Una discoteca con varios pisos y diferentes músicas. Hoy sólo está funcionando la del segundo piso, con salsa y merengue. La pista está llena y hay mucho ambiente. Me hago en una terraza y la sensación del humo y la perspectiva de la gente bailando no está mal y provoca quedarse. Pero antes de pedir otro trago prefiero pedir la cuenta. Está bien, pero no tiene nada especial. Es como cualquier discoteca de República Dominicana, como cualquiera de Lima. Mejor ir a otro sitio.

Llegamos a Luna Bar en la Pepe Sierra. Hay cola para entrar y eso produce de inmediato el efecto absurdo de que el sitio es bueno. Ya no hay cupo: todavía dan más ganas de entrar. No hay caso, está a reventar. Entonces hablo con el portero e invocó mi privilegiada condición de colombiano en el extranjero. Consigo entrar. Estoy de suerte, hoy es la noche de las solas y de los solos. Debo escoger un corazón para identificarme. Hay amarillo para los tímidos, verde para los lanzados, rojo para los que no les interesa el levante o ya tienen pareja. Pido uno amarillo. Me colocan entonces en la manos de Cupido quien resulta ser una morena muy simpática. Avanzamos con dificultad entre el gentío y el calor y el estruendo de la orquesta de Leguis, el dueño del bar. “¿De qué edad te gustaría la chica?”. “De 24”. Cupido se queda mirándome: “Bueno, de 24 a 30”, le aclaro para no ser tan exigente (acuso el regaño). Inmediatamente diviso a un corazón verde que me gusta. Se la señalo a Cupido quien habla con ella: no, ella también necesita uno menor de 30. No sirvo.

Me doy cuenta de que la cosa va en serio. De verdad la gente viene aquí no a pasar el rato sino a encontrar el amor de su vida. “Aquí una muchacha conoció a un guardaespaldas de la reina Isabel y luego se casaron. Ahora viven en Inglaterra”, me explica Cupido con orgullo. No aspiro a tanto. Me contentaría con una bonita de corazón verde. Seguimos caminando y seguimos sudando. Ahí hay tres corazones verdes. Le digo a Cupido que la alta, la morenita. Le habla y a ella le parece bien. Cupido se va, ha cumplido su misión. Se llama Milena y quiere bailar, ya, ahí mismo, al lado de la mesa. Como el baile no es mi fuerte, le digo que hablemos un poquito, pero ella insiste: quiere bailar ya. Para colmo no está sonando ningún bolerito o una salsa suave. Leguis, el cantante, está embalado —¿qué suena?— y no puedo seguir el ritmo. Pierdo puntos con Milena. Cuando termina la pieza estoy perdido: aparece un hombre de corazón verde.

Si fuera un turista alemán —lo juro— hubiera luchado. Milena: colombiana cariñosa, fiel, buena madre de tres hijos. Me la hubiera llevado a una casita burguesa de Münster para envejecer con ella. Ay, Milena. No hay problema, me consuela Elberto, en Colombia uno no se vara. Me presenta varias opciones. En la 116, cerca de la autopista, hay una casa exclusiva con unas mujeres bellísimas. Modelos, reinas, universitarias. Pero sólo se puede entrar si uno va referido o recomendado. Imposible. Nos toca ir a la 86 con 15.

Allí tenemos para escoger: Éxtasis, Copacabana, Casanova, Lancaster House. Nos acosan los tarjeteros. “Éxtasis, amigo, más de 60 mujeres casi vírgenes”, dice sin vacilar un tarjetero. “Evalúenos”, replica con profesionalismo el de Copacabana. Decisión peliaguda. No la jugamos por Éxtasis. Tenía razón, más de 60 mujeres; faltaría comprobarlo.

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