Aunque me gusta jugar al fútbol, y me divierto cada vez que el balón roza uno de mis guayos, y soy tan niño como los niños cuando salto a la cancha para jugar un partido los domingos, soy consciente de que el fútbol en Colombia es un espectáculo venido a menos. Un circo pobre. Una pérdida de tiempo. Un chiste flojo pronunciado en la mitad de una reunión floja. Y por eso ruego todos los días para que el fútbol en mi país se acabe de una vez por todas, y entonces, por fin, podamos irnos a dormir todos tranquilos.

No sé qué pensaran los hinchas que semana tras semana siguen con una pasión enfermiza al equipo de sus predilecciones, pero supongo que me atacarán con insultos una vez lean esta columna y descubran que existe alguien en el mundo a quien el fútbol colombiano, simplemente, no le va. Nunca me ha ido.

Aunque he tratado de conectarme más de una vez con el fervor delirante del hincha que sufre y se da golpes en el pecho cada vez que se da cuenta de que su equipo (o su selección) comienza a descender en la tabla de posiciones, no he logrado capturar la esencia de lo que significa ser un hincha en Colombia. Simplemente no sé qué le ven a un torneo sin estrellas, y con tantos y tan desagradables comentaristas deportivos que lastiman con sus lenguas de cerdo las bondades de nuestro idioma.

Por eso ?porque no me gusta el fútbol que se juega en mi país?, hace unos días me extrañó ser testigo del malestar que invadió a muchos de mis amigos cuando se enteraron de que Álvaro Fina (un chiste flojo con cuerpo de persona) había presentado una queja ante la FIFA (otro circo, solo que internacional) en la que acusaba al actual gobierno de intervenir en las decisiones internas del fútbol colombiano. De acuerdo con los especialistas, si la queja hubiera seguido su curso normal, Colombia habría sido expulsada de las competencias internacionales y el fútbol de nuestro país habría quedado reducido a las cenizas. Pero eso desafortunadamente no se dio.

La queja nunca prosperó (al menos no hasta ahora) y mis amigos debieron resignarse a insultar a Fina desde la trinchera de sus apartamentos, madreándolo hasta el cansancio y acusándolo de ser un vendepatria. Así de simple.

Por supuesto todas estas reacciones me extrañaron. Incluso me sorprendieron. Y es que, a decir verdad, no sé cuál es el drama de quedar al margen de las competencias internacionales cuando nuestro fútbol es un chiste tan flojo y tan malo como el propio Fina.

Porque, aceptémoslo de una buena vez, nuestro fútbol da pena. Es una vergüenza. Es un acto mendicante. Desde hace ya varios años ninguna selección ?y ningún club- cumple un papel decoroso en las competencias internacionales donde nos reciben con aplausos (la Copa América fue otro chiste). Somos el circo pobre del continente, la carpa agujereada donde en otras épocas brillaron los Willington y los Valderrama, los payasos de tres pesos que hacen maromas con una pelota de cuero, sin saber que antes que admiración producen risa. Somos, en resumen, el zapato roto del enano y el vestido descosido que da lástima.

No soy hincha de ningún equipo, ya lo dije. No podría recitar la formación de Millonarios ni decir en qué puesto de la tabla de posiciones trota aparatosamente el Envigado. Lo único que sé es que si estuviera en mis manos acabaría con el fútbol en Colombia de un solo tajo. No tendría compasión. El fútbol aquí me parece soso, mediocre y aburrido. Aunque tal vez de eso se trate todo: de que sea soso, mediocre y aburrido. Tan aburrido como el circo de los Hermanos Gasca que, a pesar de todas sus limitaciones, se resiste a que algún día se detenga su función.

Zapping: Compass en Manhattan es el primer restaurante en ubicar seis pantallas de televisión en las paredes de sus baños. Todo sea por la atención al cliente.

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