Hollywood da risa. Y no por algunas de la comedias que a veces, de tanto en tanto, nos hacen reír, sino por sus actores de sonrisas perfectas. Da risa verlos arrodillados ante el hall de la fama, brillando su estrella dorada y posando como animales exóticos ante los flashes que disparan los fotógrafos.

Da risa descubrirlos antes de entrar a la ceremonia de los Oscar con sus manitas albinas meciéndose en el aire, vestidos de esmóquines y trajes escotados, como si estuvieran a punto de irse a un largo viaje o fueran a entrar a la cámara de gas, y con una alegría falsa trataran de engañarnos. Da risa verlos en las portadas de las revistas, fingiendo ser lo que no son: felices. Pero lo que definitivamente da más risa de todo este fantasioso mundo de Hollywood —de los maniquíes que lo conforman— es el egocentrismo que tienen para creer que siempre serán objetos de admiración.

Los noticieros de farándula hablan hoy del éxito de Steven Segal como cantante. Como rockero. Como líder de una desconocida banda de rock y pop. En una reciente emisión, incluso, tuvieron el atrevimiento de mostrarlo, impecablemente estridente, horrorosamente bañado en gel, devorándose un micrófono ante un auditorio de menos de cien personas. Gritaba, claro. Y entre gritos, quizás, cantaba.

O mejor, balbuceaba. O tal vez, pensaba que gritaba, y que cantaba, y que balbuceaba, cuando sólo estaba caminando hacia la obesa mediocridad de su fama. Pero el amañado estrellato de Segal en la música no es algo nuevo para quienes seguimos las migas de pan que va dejando Hollywood mientras avanza hacia su propia destrucción. Por alguna extraña razón, los famosos tienen tanta fe en sus habilidades que piensan que todo lo que tocan pueden convertirlo en miles de dólares, como si fueran Midas invencibles del mercado.

La lista de actividades paralelas de las estrellas que nos hacen cerrar los ojos ante una película de terror, sinceramente da risa. Y si las supiéramos, si los noticieros se encargaran de hacérnoslas saber con cierta frecuencia, preferiríamos convertirnos en seguidores del cine bielorruso o colombiano, aunque, por supuesto, aquí la farándula también dé risa.

Jennifer López, que escasamente consigue cautivar en un papel protagónico, triunfa como cantante. Silvester Stallone, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger siguen pensando que son hombres Wall Street, cuando los rumores de quiebra de su cadena de restaurantes Planet Hollywood no han parado. Russel Crowe y Keanu Reeves alternan su alma de gladiadores y policías encubiertos con un insípido
corazón de guitarristas.

Pero, quizás, debamos acostumbrarnos a que así es la fama. No sólo la fama de las estrellas de Hollywood, sino la de todo el planeta. Seguimos a los famosos que nos merecemos, y por eso no decimos nada cuando vemos que Britney Spears está a punto de lanzar su primera novela; o cuando descubrimos que Bono anda pidiéndole favores a las grandes potencias y al Papa (¿qué tiene que hablar el Papa con una estrella de rock?) para que le perdonen la deuda externa a los países más pobres de la Tierra; o cuando compramos el disco del boxeador Óscar de la Hoya y caemos al piso por K.O.; o cuando tenemos que soportar a Dennis Rodman pivoteando parlamentos al lado de Van Damme en una olvidada película de acción.

La culpa es nuestra, pero no nos lamentemos. En medio de esta fiesta VIP a la que sólo estamos invitados cuando encendemos la televisión, tenemos la retribución de la risa. A los famosos hay que dejarlos ir a sus anchas. Que sigan creyendo que cosecharán más estrellas doradas en el hall de la fama. En el pasillo de su soledad. De seguírselo permitiendo, sin duda, nos ahorraremos ese dinero que gastaríamos si a cambio de prender la televisión todos decidiéramos ir al circo.

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