En el transcurso de los últimos años he llegado a una sabia y prudente conclusión: cada vez que una mujer me pide el favor de que la acompañe porque desea comprar algo de ropa, volteo la cara, enciendo un cigarrillo, hago una voluta de humo que me sirva como cortina de escape, y comienzo a caminar exactamente en la dirección opuesta a la que ella, decidida y orgullosa, empieza a dirigir sus pasos. No lo puedo evitar. La sola idea de verme atrapado en las paredes de un almacén mientras una mujer decide qué jeans se ajustan a su figura, o qué camiseta la hace ver menos gorda, o qué suéter es perfecto para poder sacar de su clóset ese pantalón azul que lleva meses guardado bajo una funda de plástico, me eriza los pelos. Un hilo de sudor frío baja por mi espalda. Mi respiración se vuelve entrecortada. El infierno me rodea.

Sin embargo, hace unas semanas, olvidando por completo la advertencia que me dictaba mi buen juicio, me vi envuelto en una cruzada cuyo objetivo final era encontrar unos jeans que le sirvieran a una amiga para recuperar algo de su juventud perdida. La maratón comenzó el sábado a las diez, una hora absurda para alguien que apenas comienza a saludar al mundo al mediodía. Antes de las doce no soy persona, apenas un despojo. Las mañanas están hechas para que se despierten quienes tienen que hacerlo, los oficinistas, los repartidores de periódicos, los celadores que entregan su turno a las seis, los perros que madrugan para ladrarles a las nubes o a ese otro perro que es eco de su ladrido.

Como pude, logré levantarme de la cama y después de una maniobra de aseo rápida y sin muchos detalles, acudí a la cita con cierto nerviosismo. Mi amiga me esperaba con una sonrisa de dientes perfectos abarcando toda su cara. Llevaba en una de sus manos una cartera Guess y en la otra una revista de moda, en cuyo interior había separado la página donde aparecía el modelo que quería encontrar. Me pareció ridícula la situación, incómoda, pero me armé de valor y empezó lo que se convertiría en un desastre.

No recuerdo cuánto tiempo duró la búsqueda infructuosa. Sé que hubo pantalones que cruzaban por entre la puerta del vestier como pájaros de tela, que hubo lamentos por haber engordado algunos kilos de más, que al lado del cubículo donde mi amiga trataba de decirse sí puedo, sí me entran, una mujer de treinta y cinco maldecía los cuerpos de las modelos que no tenían el menor problema a la hora de vestirse con una camiseta talla cero y, finalmente, recuerdo que encendí al menos diez cigarrillos pensando en el infierno de tener que acompañar a una mujer a ir de compras. Nunca se cansan. Son atletas persiguiendo sus falsas ilusiones.

Desconozco qué ideas habitarán en el cerebro de una mujer cuando decide extendernos la molesta invitación para que la acompañemos en faenas como esta (mi amiga decidió, después de todo, que tal vez una falda le quedaba mejor y cambió su sonrisa por una gesto de conformismo), pero supongo que la única culpable es la moda, que vende imposibles en cada temporada, que seduce con sus tentáculos publicitarios, que acaba con nuestra tranquilidad en cada parpadeo. Las mujeres jamás estarán de acuerdo con sus cuerpos, y a pesar de que lo saben, de que lo intuyen, de que lo sienten, necesitan de los vestieres para comprobarlo. El espejo de sus desilusiones se encuentra en el cubículo de los almacenes donde se prueban ese pantalón que vieron en una revista, o ese brasier que vestía con propiedad Heidi Klum en el último desfile de Victoria’s Secrets, o esa camiseta que tan bien se le ve a cualquier modelo que, a su vez, sabe que tiene los ojos muy chiquitos o es consciente de la clandestina fealdad de sus pies llenos de callos.

Para nuestra fortuna, cada día sabemos más que no hay que acompañar a una mujer a ir de compras. El infierno de la moda hay que dejárselo a ellas. Que se cocinen en el fuego de su vanidad. Que vean en el espejo de sus deseos lo que no son. Mientras tanto, nosotros podemos seguir viviendo con unos kilos de más siempre y cuando, claro está, no miremos nunca en nuestras vidas una revista de moda dirigida para hombres. Solo venden ilusiones, simples ilusiones cosidas con un manojo de babas que buscan arroparnos.

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