A la vuelta de unos cuantos días sobrevendrá un nuevo año. Felices quienes otra vez comerán uvas y felices quienes, de nuevo, se prometerán grandes éxitos para su vida. Yo, desde hace algún tiempo, prefiero pasar la noche del 31 atragantado de vino antes que pedir doce inútiles deseos por cada una de las uvas que aparentemente deberán deslizarse por mi garganta. La vida, o lo que siempre he creído que se llama vida (es decir, este cuerpo que a veces escribe y que a veces, también, tiende a enamorarse) se ha encargado de demostrarme que es preferible comenzar un nuevo año en blanco, desde cero, desde la raíz de la nada, antes que enfrentarse con una docena de propósitos por cumplir.

De cualquier modo, lo que sí no podré evitar una vez comience la feria de la nostalgia que trae todo final de año (alguna tía se llevará las manos a los ojos al recordar la inevitable ausencia de su hijo; algún tío insípido se acercará a mis oídos para decirme, con su lento vozarrón, mirá, Mauricio, cómo se nos pasó el tiempo; un par de primas esperarán ansiosas las llamadas de sus novios, como si el amor no trastabillara a través de la fría línea de un aparato telefónico) será el derroche de abrazos que invadirán mi cuerpo sin que pueda evitarlo.

Sé que ocurrirá. Sé que, de algún modo extraño, los brazos de mis familiares se multiplicarán en cientos de tentáculos empalagosos; que mi espalda recibirá las palmadas varoniles de un cariño familiar reservado exclusivamente para esa fecha; que habrá algunas risas, algunos lamentos, algunos gestos revestidos de alegría. Y que, después de todo ese derroche de amor, mis familiares empezarán a hacer sus cuentas para mirar cómo gastarán cada uno de los meses que se aproximan ante sus narices; y, claro, yo sonreiré, pues está claro que no se puede gastar lo que no se tiene.

Pero lo harán. Sin duda, sé que lo harán. Mis familiares empezarán a gastar los meses que aún no tienen apenas las campanas del reloj marquen las doce. Y habrá alguno, por ejemplo, que deseará rebajar siete kilos para abril. Y habrá otro ?claro que lo habrá? que prometerá dejar el alcohol cuando, en agosto, comiencen a volar las cometas de sus niños. Y habrá uno más ?el infaltable? que anhelará llevar a cabo ese viaje a Europa que anda refundido en el almanaque de sus sueños aplazados. Y habrá otro "el espejo de todos los demás, el codicioso" que se tragará la última uva deseando que los lingotes de la riqueza llenen su casa, sin saber que a veces, sin que nos demos cuenta, el oro siempre terminará por sepultarnos.

Sí, sé que todos los míos (qué palabra tan egoísta, qué saña de ser propietario de lo efímero, qué ganas de decir los míos) comenzarán un nuevo año llenos de propósitos, malgastando lo que no se les ha dado. Algunos querrán terminar el libro que nunca escribieron; otros desearán tener un hijo que será bautizado con un celestial María o un hebraico Manuel; y otros, los más pusilánimes, anhelarán un miserable aumento, o se prometerán arreglar esa gotera perturbadora de cada invierno, o se pondrán como meta samaritana regalarle una herrumbrosa moneda al hombre que por las mañanas, en la misma esquina de todos los años, siempre los saluda. Esas serán sus promesas. El anuncio de su pesada vida, las doce uvas de su falsa felicidad, el gasto de los doce meses que todavía no poseen. Yo, en cambio, no pediré nada. Me atragantaré de vino. Recordaré una fecha menos postiza. Y sonreiré, claro que sonreiré, pues habré sido testigo, una vez más, de la dilapidación de un bien que nunca estaremos seguros de tener: el futuro.

¿Qué haré en este nuevo año? ¿Qué hará usted? ¿Qué harán los demás? ¿Qué recomendarles? No lo sé. Por ahora, la única certeza que tengo es que cuando el primero de enero atraviese con furia las ventanas de mi cuarto, me despertaré, y abriré las cortinas, y miraré el color de un nuevo año, y entonces sabré que me podré echar al bolsillo un día más, sin la necia necesidad de malgastar lo que indudablemente no poseo. Luego, estoy seguro, todo continuará igual, aterradoramente igual. Y todo, a su vez, se habrá olvidado.

Zapping: Up the bracket, el primer disco de la nueva sensación del rock británico The Libertines. Perfecto para sepultar la hartera de la música navideña.

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