Nunca pude acostumbrarme a estar del lado de los torpes. Siempre me molestó no solo su aparatosa manera de patear un balón durante los partidos de fútbol que jugábamos en el colegio, sino su presencia abandonada de payaso de circo en la mitad de una cancha infectada de niños que jugaban a ser Maradonas o Zicos por un día. Recuerdo que al torpe nadie lo quería en su equipo, y con razón. Tenerlo como defensa era entrar perdiendo uno a cero, sin que ni siquiera el árbitro alcanzara a dar el pitazo inicial. Tenerlo como delantero era despilfarrar goles sin ninguna excusa. Tenerlo como arquero era enfrentarse a la humillación de una goleada despiadada. Así es que al torpe siempre se le condenó a vagar en la mitad de la cancha, en la circunferencia solitaria donde comienzan los partidos, en el terreno sin dueño donde el balón va y viene de guayo en guayo, tratando de hilvanar alguna gran jugada que conduzca al gol. Ese era su destierro.

No sé que habrán sentido los torpes que alguna vez jugaron al fútbol y fueron condenados a moverse en el vacío inmenso de la mitad de la cancha, pero supongo que en su corazón estará anidado el recuerdo de haber corrido infatigablemente detrás del adversario, de haber perseguido el balón como gatos detrás de un ovillo de lana que es echado a rodar por los pasillos de la casa, y de haber sentido la soledad de su torpeza clavada en sus cuerpos al no haber recibido en noventa minutos un solo pase. Uno solo. No los culpo. Pero tampoco los redimo de su ambicioso propósito de jugar al fútbol. Cada quien debe ser dueño de sus limitaciones.

El torpe, desde luego, nunca ha sido consciente de sus propias limitaciones, de su mala manera de moverse cuando tiene el balón a un milímetro de sus guayos, de su errática forma de cabecear que es cerrando los ojos antes de tiempo, de su absurda manera de correr por el terreno de juego, como si estuviera en medio de un juego infantil de policías y ladrones. El torpe ignora que el fútbol no le pertenece. Y lo ignora amparado en la mejor de las razones: de la noche a la mañana, va y visita un almacén, paga unos pesos, y entonces llega sonriente, pues se ha convertido en el dueño del balón. Y por eso juega, así sea deambulando en la mitad de la cancha, como un fantasma que apenas es advertido por sus compañeros cada vez que lo traspasan sin permitirle que roce su preciada compra.

Pero sonríe. Se siente Maradona o Zico por un día. Corre detrás del bosque de piernas que chocan entre sí; grita cuando no tiene marca, suplicando que le hagan un pase, uno solo, por favor, y de vez en cuando festeja como propios los goles de su equipo, encaramándose en la torre de celebración donde, afectuosamente, nadie lo quiere. Así está hecha su gloria. Así la construyen sus desatinos. Así están pegados sus triunfos: con babas.
Para cuando termina el partido, y el equipo ha ganado tres a uno, y alguien festeja, y otro más bebe un sorbo de agua a un lado de la cancha, y alguien más comienza a quitarse los guayos, el torpe finalmente recibe la recompensa a su búsqueda inútil, y vuelve a tener bajo su dominio el balón que durante noventa minutos le fue esquivo. Se lo regresan. Entonces, se despide, levanta una mano, y de camino a su casa va intentando una “veintiuna”, que nunca superará la desalentadora cifra de “uno”…

Desconozco por qué los torpes continúan embarcados en esa lucha infructuosa de jugar al fútbol, si la vida se ha encargado de mostrarles la esfericidad de su torpeza. No logro entender por qué en el destierro de la media cancha, corren, y corren, y corren como conejos detrás de un inalcanzable pedazo de zanahoria. Me declaro ignorante en la búsqueda de una razón que me permita comprender por qué hacen lo que hacen, por qué buscan lo que buscan o por qué sueñan lo que sueñan. Aunque me atrevo a pensar que su obstinación tiene un único origen que los disculpa y a la vez los engrandece: ¿quién no ha querido ser por un día Maradona?

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