Le agradezco a mi vecino que sea precisamente ‘mi vecino’, que me salude todas las mañanas moviendo su mano cincuentona mientras sonríe casi sin ganas, que parquee su carro justo al lado del mío y que sea como es, quiero decir, siempre común, siempre invisible, siempre minúsculo. Le agradezco a mi vecino que sus anteojos tengan un pedazo de esparadrapo ajado que rodea sin gracia una de sus patas, que se vista los domingos con una sudadera blanca cosida de frustración, que su Mercedes modelo 72 tosa, y tiemble y se apague cada vez que intenta avanzar. Y que vuelva a toser, y que, como la misma vida, esté destinado a apagarse sin que a nadie le importe. Sin que a nadie le preocupe. Sí, le doy gracias a mi vecino de que sea precisamente lo que es: la proyección humana de lo que no quisiéramos ser cuando alcancemos la mitad de nuestras vidas. Cada vez que lo veo, y lo saludo, y dejo que sus ojos se muevan de lado a lado, apenas un poco (son chiquitos, vidriosos, comunes), entiendo cuánto ha sufrido en su vida. Por averiguaciones que me han costado un pedazo de pizza, dos cigarrillos pielroja sin filtro y un vaso de ron blanco, con hielo (el portero de mi edificio, por lo general, se vende por mucho menos), he sabido que mi vecino es un hombre corriente. A los cincuenta años (no saben cuánto le agradezco que sea lo que es) se resiste a que los años atraviesen sus músculos, a que el viento le pudra los huesos, a que la frustración de haber llevado un vida sin ambiciones lo corroa. Y para eso respira profundo, hace abdominales en series de a veinte, levanta pesas para fortificar sus bíceps, toma vitaminas de la A a la Z, procura bañarse con agua fría todos los días, y duerme bien. Muy bien. Mi vecino (común, insignificante, hecho de aire) come sin grasa, rehusa la sal, evita el vodka y rocía con atomizadores la sala de su diminuto apartamento para que siempre huela a lavanda. A todas horas, siempre a lavanda. Mi vecino no toma, los vicios no hacen parte de su vida, y tampoco trasnocha, claro está, salvo los 31 de diciembre cuando come uvas y cree que el próximo año por fin hará algo interesante de su vida. Nunca lo hace. Nunca se lo permite. Mi vecino no sabe cuánto lo quiero. Él es insípido, atlético, solitario. Guarda en su cama a una mujer redonda que lo soporta y sé que tiene en el closet dos niños que se sublevan todas las mañanas en interminables lloriqueos cuando no hay biberones, ni galletas, porque —todos lo sabemos, gracias al portero— su cuenta bancaria siempre ha estado en rojo. Mi vecino es un hombre común, y en las últimas semanas he aprendido a verlo y valorarlo como es: un espejo en cuyo reflejo alcanzo a ver al hombre que todos podríamos ser de no hacerle caso a nuestros sueños. De no seguir el rastro de nuestras metas. De no aferrarnos con todos los huesos a nuestras ilusiones. Por eso lo quiero. Porque representa la vida vivida sin ganas. Porque, sin saberlo, me señala el camino que evito andar a toda costa: el camino de los días resignados, de las horas de trabajo en la oficina, del despertador sincronizado a las siete, de los pagos de luz siempre a destiempo, del ataúd de cartón atravesado en cada vena. De verdad, me gusta mi vecino. Y me gusta como es: común, hecho de aire, casi sin gracia. Pero, sobre todo, me gusta verlo sonreír todas las mañanas, porque sé que no solamente vive a una pared de por medio de mi casa, sino porque sé que, irremediablemente, morirá a una ‘vida’ de por medio de la mía. Y eso ambos lo sabemos.

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