No tengo nada en contra de los perros, pero es inevitable que sospeche de su amistad cada vez que recibo la noticia de que alguno de ellos, en un ataque inesperado de amor, o de rabia, o de nerviosismo, mordió a uno de los míos, arrancándole la mano de un solo tajo. En esos momentos, no lo puedo negar, la inmóvil indiferencia que me hace no acariciarles el lomo cuando se acercan a mis pies, o devolverles la pelota cuando me la muestran anclada a sus colmillos, se convierte en una sensación de desconfianza que me hace odiarlos hasta el punto de tener que declararme un perrófobo consagrado. Aunque sé que más de la mitad de la humanidad les profesa una devoción que raya en la idolatría pagana, no me gustan. Desconfío de alguien que mueva la cola, que escarbe en la basura, que olisquee las cagadas en la tierra, que copule contra las patas de las mesas cada vez que hay visita. No los soporto, y sé que ellos no me soportan. El pacto está cerrado: yo hablo mal de ellos y ellos —estoy seguro— ladran mal de mí. Por más que intento, no soporto la idea de ver a un perro que se vista de anteojos y franela, que asista a guarderías, que coma en platos de colores. No resisto verlo cuando jadea a deshoras, cuando se regodea en sus juguetes, cuando se asoma a las braguetas masculinas y, sobre todo, no resisto que ande reproduciéndose sin límites, montado sobre los culos de las perras callejeras. Sí, como tantos otros, me declaro perrófobo hasta los huesos. Me desagrada su hogar de pulgas ambulante, su olor a pelo adherido a la tela de los muebles. Me aterran sus ojos negros en permanente vigilancia, su hocico húmedo como el asfalto bogotano, sus genitales exhibiéndose al viento como frutas pichas del racimo de sus cuerpos. Aunque, tal vez, me equivoque. Quizás mi odio no les pertenezca a ellos sino a los dueños de sus vidas; a los amos que los pasean en los andenes y en los parques; a los dueños que sacrifican la carne de sus platos por la Purina en las perreras; a los perrófilos que los bautizan ‘Toby’, o ‘Coqui’, o ‘Sandy’, o ‘Motas’, como si al hacerlo pudieran regalarles esa triste miga de pan de ser, por un momento, mitad hombres, mitad perros. Sé que todo amo quiere a su perro, y que por él estaría dispuesto casi a morderme. Pero los dejo ladrar. Que la rabia los inunde. Me muestran los dientes y los espanto. No me importa. Hace unos días, un amigo me recordaba la anécdota del bailarín ruso Alex Nureyev, quien perdió medio labio por darle de comer a su perro de su propia boca. De malas Nureyev. De malas las 504 personas que el año pasado fueron atacadas por aristocráticos perros españoles. De malas la anciana peruana Saturnina Tena, quien recibió la muerte hace pocos días bajo la forma de una guadaña vestida de colmillos. Lo repito, no tengo nada en contra de los perros, pero siempre le abro campo a la sospecha. No confío en alguien que muestre nobleza, y después ataque. Prefiero la guerra abierta del tigre cuando está hambriento o el bramido feroz del búfalo cuando embiste. Recibo con los brazos abiertos el aguijón certero de la avispa o el telar geométrico de la araña. Hace poco, supe que dos perros de la ONU habían caído en combate después de un bombardeo estadounidense a Kabul. Andaban olisqueando minas personales en el desierto de Afganistán. La muerte les cayó del cielo, explotando como un ladrido. No lo lamento. Tampoco lo aplaudo. Simplemente sonrío, pues sé que la vida trae sus justas recompensas. Y dos perros menos en el mundo es, para mí, una victoria. Entre todo, y mientras ruego que caigan más perros en combate en la árida tierra de Kabul, sé que ellos ladran mal de mí cuando los acuso. Pero faltaba más, hay que acusarlos, en especial cuando me entero de que su casta noble ha mordido a uno de los míos. Cuando esto sucede, me acerco a la línea de batalla, muestro los dientes y después ataco.

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