No recuerdo cuándo ni por qué razón empecé a fumar, y tampoco recuerdo cuándo ni en qué momento lo comenzaron a hacer mis amigos. El humo del cigarrillo hace que todos mis recuerdos se vuelvan borrosos, como si una cortina de niebla separara irremediablemente el presente del pasado. De lo que sí tengo memoria es de esos primeros cigarrillos fumados a escondidas de mi casa y de las innumerables escapadas que hacíamos con mis amigos del colegio, justo cuando sonaba la campana para ir al recreo, y entonces nos íbamos detrás de las montañas de la cancha de fútbol para prender un cigarrillo, y rotarlo, y toser, y sentirnos tan grandes como Dios. Recuerdo esos primeros cigarrillos con angustiante felicidad y, por eso, al recordarlos, no puedo dejar de oler en el aire cierto viento de tabaco que me obliga a defender a los fumadores cada vez que aparece una campaña para exterminarlos o, al menos, reducirlos a su más mínima expresión.

La última de las campañas de las que he tenido noticia asegura que el cine también puede llegar a ser perjudicial para la salud. Que las películas pueden atentar contra la salud. Que la sonrisa espléndida de Meg Ryan, cigarrillo en mano, puede matarnos sin que lo sepamos. Sin que ni siquiera lo adivinemos.

En un artículo publicado por la revista Time, se asegura que Hollywood ha comenzado a mirar hacia adentro para rectificar sus políticas sobre el tabaco.

Uno de los cofundadores de la empresa Castle Rock Entertainment, Rob Reiner, es, al parecer, el saludable pulmón de esta campaña que busca disminuir el consumo de cigarrillos en las películas que vemos.

Todo surgió cuando al estudio de Rob llegó la cinta Prueba de vida y, de inmediato, le oyeron decir: “¿Por qué Meg Ryan fuma como una chimenea?” A partir de ahí, el buenazo de Rob ha decidido que cualquier actor, director o guionista que desee incluir un cigarrillo en una escena debe hablar personalmente con él para justificar la presencia de esa especie de Satanás que es el tabaco para el mundo entero. Lo que no dice es si el actor, director, o guionista pueden entrar a su oficina llevando entre sus labios el veneno de un
cigarrillo recién prendido.

Quienes apoyan esta medida se aferran a los datos. Desde 1960, el uso del cigarrillo en las escenas de las películas ha aumentado en un cincuenta por ciento.

Y no solo eso. En el último año, la mayor parte de esas escenas se encuentra en cintas dirigidas a públicos menores de 18 años.

Por eso todo este alboroto. Los defensores de un planeta sin fumadores han comenzado a prender el fuego del debate y, con su actitud resurrectora, quieren quitarnos no solo el placer de fumarnos un cigarrillo después de un buen almuerzo o de una buena hora de sexo, sino que también pretenden arrebatarnos el placer de ver cómo en su intimidad de cámaras y luces Meg Ryan o Nicole Kidman encienden un cigarrillo para disfrutarlo.

Desconozco cuándo todas estas nuevas políticas del cine darán la señal de humo blanco para dosificar el uso de cigarrillos en las películas. Espero que se demore. Por ahora, dice el buenazo de Rob, el primer paso para combatir la humareda será clasificando las películas con una doble F cuando éstas contengan escenas “perjudiciales para la salud”.

Lo demás es lo demás, quiero decir, las películas donde sus protagonistas engullen toneladas de hamburguesas (que es perjudicial para el colesterol), o devoran kilos de helado (que es perjudicial para el nivel de azúcar), o beben litros de gaseosas cargadas de anilinas (que es perjudicial para el corazón), pueden esperar. No matan. El cigarrillo sí. Aunque, a decir verdad, todo lo que existe en esta vida mata.

No lo digo yo. Me lo dice un amigo cada vez que se despide en sus cartas electrónicas, advirtiéndome, muy a lo Lavoe: “recuerda que todo, todo ahora da cáncer”. Y yo le creo.

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