Prefería llevar el comercial filmado, en vez de explicar la idea en un cartón con dibujitos. Los costos me lo permitían y si se aprobaba, podría salir en televisión nacional al día siguiente. Era una de mis ventajas competitivas claves.

Una muy importante fábrica de detergentes me encargó un comercial para televisión justo antes de entrar a vacaciones de fin de año y por error anoté la fecha equivocada del día de la entrega. Cuando regresé, encontré la llamada del cliente diciéndome que ese día a las dos de la tarde era la cita para ver mi propuesta proyectada en la sala de juntas. Sobresaltado por no tener la pieza lista, opté por asistir a la reunión para disculparme, y al llegar y bajo la presión de las miradas expectantes vino a mi mente la idea, procedí a apagar las luces del recinto, encendí el proyector sin película en su carrete y dejé que transcurrieran treinta segundos con la pantalla en blanco. Todos me miraron y preguntaron: "¿Dónde está el comercial?" y les dije: "Lo acaban de ver, solo falta el audio con una locución masculina que diga: Fue blancura Inextra". Las ideas nunca avisan cuándo van a llegar.

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