Los periódicos y las organizaciones tenían sus archivos, pero la publicidad no y menos de afiches. Si al mundo de la publicidad llegué a los cuatro años, cuando mi papá me llevó por primera vez a su oficina, lo de los afiches lo inicié a mis diecisiete, hace treinta años. El cariño que le tengo a esta profesión me llevó, rincón por rincón, a todo tipo de mercados de pulgas, a buscar piezas clásicas de publicidad.

En mi tiempo libre, de tienda en tienda, recogía los afiches viejos que más me llamaban la atención. Hacía las rondas por todas las tiendas de Bogotá y de los diferentes pueblos por los que viajaba. Me volví cercano a los tenderos y a los repartidores de Coca-Cola, que me ayudaban a rebuscar sus afiches. El primero que conseguí fue el del Sagrado Corazón de Jesús de Mejoral.

En unas vacaciones con mi familia en Fusagasugá, por allá en 1986, me enamoré de un afiche que estaba en una alacena, detrás de una cantidad de objetos para vender, en una miscelánea de papas que probablemente ya no existe. Fui seis veces y el vendedor nunca me lo quiso vender. La séptima vez, la vencida, don Jorge, el vendedor, me dijo que me cambiaba la camiseta Lacoste roja que llevaba puesta ese día, por el afiche de Píldoras Reuter que decía "Para constipación, dispepsia, dolores de cabeza, etc". No pude negarme. Duré empeloto un día donde no importa —por el clima— y añadí un afiche hermoso a mi colección.

Todo el mundo me decía, incluido mi padre, que estaba recolectando basura. Sin embargo, la mayoría de los afiches que salen en el libro Historia de la Publicidad Gráfica Colombiana son míos. Hoy están todos enmarcados y colgados alrededor de mi agencia. El de la camiseta está colgado en mi casa.

A decir verdad, creo que mi obsesión por coleccionar afiches se debe, sobre todo, a que estoy enfermo de coleccionismo. No es un hobbie, pero tampoco un trabajo de tiempo completo. Es una inquietud que nunca va a resolverse. Es la obsesión eterna por juntar cosas que para el coleccionista son valiosas. No se trata solo de recorrer mercados de pulgas, también es conocer lo que recogemos, su historia y valor, porque el coleccionismo es, ante todo, una cultura. Entre las muchas colecciones de cosas que tengo, las mejores son las de Tintín, la de Coca-Cola y la de celulares. Para muchos soy el mejor reciclador de Colombia. Modestamente, me considero un archivador de objetos históricos; de obras de arte tan valiosas que pueden merecer pasar un día entero en bola.


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