Hay una Colombia antes del 5-0 y otra después. No nos hemos podido recuperar. Bien lo dice el proverbio: "Es duro no recuperarse de un fracaso, pero es una maldición no recuperarse de un triunfo".
Nos pasó. No nací con el gen del fútbol, y lo peor: las niñas que he conocido saben más de fútbol que yo. Por ende, entrego este artículo desde un hombre antifútbol, cuando las niñas saben diferenciar apellido "Viáfara" del sonido de un pito de camión, para mí suenan igual. Soy ignorante en el tema. No me pinto la cara de tricolor cuando hay partido y qué rico no estar en un sitio popular el día que Colombia gana algo. Tengo instinto de supervivencia. No es que no me sienta orgulloso de ser colombiano. Yo pago mis impuestos, y con todo lo que me he bebido en la vida se han fundado más de 12 escuelitas en Cundinamarca. Rico que gane Colombia en cualquier deporte, pero no es sano ese patriotismo que nos vuelve arma de destrucción masiva para después caer en un letargo; parecemos un mal polvo, nos levantamos la más hembra del planeta, lo metemos, nos venimos magistralmente de manera precoz, pero después nos echamos un foco incómodo e inútil sin buena charla y, para rematar, nos regodeamos de habernos echado a la muela a semejante bombonera sin mejorar nuestro estilo, autoconvenciéndonos de ser unos ases del movimiento culidiano (sabiendo que esa hembra está hablando mal de nosotros actualmente).
Cuando una visita a un mundial estaba en juego, yo, estudiante de Ingeniería de Sistemas, tenía que preguntarle al celador -cuyas matemáticas futbolísticas eran superiores a las mías-, que me explicara cómo tenía que hacer Colombia (ojo que no se dice selección):
-No, si Uruguay mete gol en Brasil por diferencia, entonces entra al "repechaje" contra Chile, y el que gane se enfrenta a Colombia, si es que Colombia no clasifica para los cuartos por gol diferencia, porque le faltan los dos puntos del partido de visitante contra Bolivia.
-Gracias jefe, ¿emfendedof?
Se asomaba el fútbol colombiano ante el mundo sugiriendo elementos nuevos, algo llamativo, que pudimos haber patentado, una cosa que los europeos envidiaban: el toque toque. En esa época, el Pibe, reconocible como el "tiro de esquina helados Mimo´s y el pintor de Pintuco", hacía unos pases de precisión que parecía un francotirador, "un pase, un gol", daba placer mirarlo, incluso desde mi ignorancia futbolera. Pero algo pasó, tocamos la cima y hasta ahí llegamos, éramos un pronóstico a favor, el daño estaba hecho.
A partir de ahí vino el acabose nacional, la gente no aprendió a ver fútbol. Ese día del 5-0 se descarriaron, una ruleta rusa celebrando, tiros al aire, una revolución civil por un "viva Colombia, muere por ella". El bajo instinto de conservación se disparó a niveles de saltar frente a carros abriéndose paso de manera inmisericorde y botar Maizena contra vidrios polarizados (eso no se hace en este país). Hermosos recuerdos. Un desfogue de imitación carnavalesca donde llovían bolsas llenas de orín y vandalismo extremo "sean felices, Édgar les dice".
Hasta ahí llegamos. En Argentina hicieron llorar a los jugadores, los ajustaron, revisaron la maquinaria, hicieron lo que hace todo guerrero: conocer al enemigo y conocerle los puntos débiles. En Colombia, ¿qué hicimos?, lo que hacen los acomplejados que se ganan la lotería: regodearnos como estrellitas de medio pelo y distanciarnos de la realidad inminente del partido siguiente. De la acción al soñar con un futuro "deje así". Tenemos el cerebro rayado de tanto "mañana será otro día". Empezamos a oír frases de cajón de libros de autoayuda: "perder es ganar un poco", "hay momentos malos y duros, todo es un ciclo". Y empezamos a notar la existencia de algo que destroza el fútbol: "la figura".
Pelé le apostaba a la selección Colombia. Yo le apostaba como le apuesto a cada colombiano que nos representa. Pero, a ver, nuestros próceres qué hacían: se metían en peleas con tiro y todo, se entrepiernaban con el mal ejemplo, fue una sacudida a la percepción. Alcanzar la fama sellándola con el desprestigio.
Nos encontramos con un falso nacionalismo que se regodea en una sola batalla ganada, en vez de en la guerra ganada en su totalidad. ¿Qué pasó con ese fútbol que hipnotizó al mundo?, lo dejamos a medias, descubrimos un arte marcial para ser los únicos en empatar contra Alemania en el 90 y luego llenar de aplausos el estadio argentino en ese 5-0. Pudimos haber salvado al fútbol mundial de lo aburrido que está. Después de ser un ejemplo de novedad en estrategias y de vistosidad, nos volvimos un saco de sueños inconclusos, para terminar en islas pelando el cobre frente a la audiencia de los reality-show. Un adormecimiento paulatino de la gloria y una excusa permanente. Mis amigos y amigas adoradores del fútbol se refugiaron en importar hinchadas, ahora siguen al Real Madrid, al Boca, al Milán, al Manchester, etc. A falta de soñadores locales, bueno es ser hincha de otro que bien le vale lo que le puede importar a uno la gota de agua que cayó ayer en Puerto Inírida.
Nos tiramos el fútbol a punta de nuestro nacionalismo de nuevo rico. En vez de ayudar al deporte y motivarlo, lo volvimos una rumba insana, a nuestros jugadores los volvimos accesorios de esa rumba, de una excusa aguardientera para desfogar nuestro bajo sentido de la historia: uno no se come una hembra para regodearse y dárselas de la chimba, uno hace historia creando el mejor de los polvos. Hay una diferencia muy grande entre el kamasutra y el güevón que grita "¡gol!" cuando lo mete.
El 5-0 fue una batalla de unos deportistas. La ganaron, nosotros nos encargamos de volverla en contra de ellos y de los que venían después. Viva Colombia: todita. La Maizena es un alimento.

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