Juan Valdez es la perfecta condensación de lo charro. La mula, el carriel, el panamá, la ruana, el paisaje, la afectada sonrisa bobalicona de hombre satisfecho y conforme, no son más que una caricatura. Como cualquier imagen publicitaria, lo que hay allí es un híbrido. De ahí la insólita presencia de la mula, híbrido por excelencia, cargada con dos livianos sacos de café llenos de paja. Otra es la suerte de las mulas y otro su destino. Las de verdad aparecen una y otra vez en los apuntes tomados por los grandes viajeros del siglo XIX, aplastadas por la tristeza y por la geografía. Las de mentiras son capturadas en los aeropuertos. Pero Conchita, porque se llama Conchita, es un híbrido por antonomasia, un híbrido de híbrido. Con sus orejas enhiestas y su mirada inteligente (mucho más inteligente que la de su compañero de fórmula), la aceptan en Nueva York, donde, con seguridad, no dejará los rastros de su digestión entre los edificios de la Quinta Avenida, la aceptan en los cocteles, disfrazada con un sedoso corbatín turbayista, asiste a los campeonatos de esquí en los Alpes, y a los partidos de tenis en Wimbledon, va de excursión por las pirámides de Egipto, y de safari por el resto del África, se toma instantáneas con las cámaras Nikon, auténticamente japonesas, en el centro de Tokio, y, en fin, pasea por todo el mundo sin que le examinen jamás los intestinos.

¿Qué les dice, entonces, la imagen de Juan Valdez a los miles de campesinos de las zonas cafeteras, en la miseria por culpa del glifosato y de la miope política de la Federación y de sus directivos desalmados? Les dice "sea mula y viaje seguro". Y helos ahí haciendo fila en los aeropuertos. Como mulas. Como Conchitas. Tratando de pasar desapercibidos, imitando hasta donde pueden al Juan Valdez que apenas conocen por las fotografías, y sin darse cuenta de que todo esto es una mentira infame, que Colombia no es eso, que no tiene nada qué ver con la vacuidad de una limpieza obtenida para la ocasión en la lavandería, con los mofletes de felicidad que brillan un poco más allá de lo debido, con el bigote, que no es un bigote sino una deducción pilosa que nos vende como un elemento típico del paisaje doméstico.
Mientras el arruinado caficultor saca de su mochila un pasaporte donde ya no se llama Miguel sino Francisco, la imagen de Juan Valdez le sonríe desde las vallas. "Café de Colombia, el mejor café del mundo". Una ficción más, tan torpe como las otras. Que dejen ese cuento para los discípulos de don Manuel Mejía. Ahora mismo importamos café, ¡importamos café!, y sustituimos los robusta para manipular el precio, y nos arruinamos, no todos, porque ellos se protegen vendiendo a Juan Valdez. Buen provecho. El asesor del gerente general y los tres individuos que lo acompañan, sabrán qué hacer con él. ¿Pero pagaron? ¿Y cuándo, y por cuánto, venderán la bandera? ¿Y el himno? ¿Y el escudo?

Ahora, ese, que es el cuento, no es el cuento. El cuento es don Juan Valdez, que va con su mula y su carriel. Un producto nacional, que representa la felicidad de la patria, el ondear de la bandera, la poesía del himno, la carroña del cóndor, la suavidad de la catleya, la verticalidad de la palma de cera. Detrás, los batallones de cualquier pelambre disparando a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra. Y la mano al pecho. Y la marcialidad a toda prueba. Y Colombia. Y "patria te adoro en mi silencio mudo". Claro, mudo, porque aquí todos estamos muertos.

Juan Valdez arrastra a su mula por todas partes. ¿No les parece significativo? Va del cabestro, obediente, sumisa. En los intestinos lleva pasto del viejo Caldas y agua de los cristalinos arroyos del país más hermoso del mundo. Las mulas no comen nada más, de modo que no lleva nada más. Quizás hollejos. Pero esta mula, Conchita, es estática. No ha viajado jamás. Son las otras las que se mueven. A ella, por detrás, le pasan centenares de telones con escenas urbanas de donde quiere estar. Conchita prefiere las recepciones donde estén el doctor Gaviria y el doctor Silva Luján. Y no tiene pensado, jamás de los jamases, conocer por dentro a Carabanchel o al resto de sus destinos.

En los aeropuertos, las mulas, las de verdad, miran con disimulo (que aguante, que aguante, que no se den cuenta, que no se den cuenta), mientras invocan a Juan Valdez para que las proteja con su pobre imbecilidad de pacotilla.

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