Juro que si me toca ver otra vez el video institucional de Inravisión de las 6 de la tarde que muestra escenas de la bandera mientras se toca el himno nacional, voy a pedir la nacionalidad boliviana: Un muchachito con el pecho henchido de orgullo se arranca el corazón ante el pabellón nacional, de ojito cerrado y todo (¿por qué?). Una vieja con copete Alf se abraza con un gomelo. ¿Cuántos años tendrá esa vieja ahora? ¿Seguirá con el copete Alf? Una sanandresana, que seguramente canta el himno de Nicaragua, recibe una medalla, desvía su mirada estupefacta de la bandera por unos segundos para ver la condecoración, pero de inmediato vuelve al tricolor con una alegría renovada, como si le hubiera importado un bledo el premio. Un viejo cascarrabias le explica a los madrazos a un peladito qué es la bandera, agitando un trapo y señalando un potrero. Una profesora raquítica les enseña a unos niños a cantar el himno nacional agitándoles en la cara una mano huesuda y, por último, unos campesinitos, secándose el sudor, se levantan para saludar la bandera. Es repugnante. Es como una especie de Village People social, una tarjeta de Timoteo de interés público que dice: "Eres especial, gracias por existir, quiere mucho a los demás y never change Muuua TQM", que el gobierno nos regala cada día. El mensaje en el fondo es más o menos el siguiente: "sí, hay grandes desigualdades, unos comen tierra y otros, caviar; todos somos distintos, pero nos amamos debajo de este candoroso trapo".
En tiempos recientes, el tricolor nacional ha sido adoptado por una nueva clase emergente: la social bacana. Ahora puede observarse la bandera en pulseritas tejidas, banderitas para la solapa que venden en las cajas de los supermercados, en cintas de solidaridad que uno ata en cualquier lado y en los pulsos de relojes chinos marca QyQ. Estos objetos de alguna manera dicen: 'bueno, soy un poco corrido, roquero, pero creo en lo nuestro, me encanta Zeppel, pero AMO a los arhuacos' y quizá para el caso sería lo mismo llevar una ruana, pero de cuero y con taches. Carlos Vives a duras penas puede sostener el micrófono dada la cantidad de pulseritas tricolor que carga en el brazo izquierdo, que ya parece enyesado. CaBas, ese hijo virtual de Lenny Kravitz y Totó La Momposina, sale en la portada de uno de sus álbumes con la bandera tatuada en su espalda a manera de escamas de un pez, tan caribe, tan nuestro, tan fresco. La imagen se logró con un montaje digital, pero cómo sería de agradable tatuarle a la fuerza y de verdad el amarillo, el azul y el rojo a ver si le sigue pareciendo tan 'chic'. Sin embargo, la social bacanería, como una plaga, se ha extendido. La pulserita ha ascendido de estrato y ahora es aceptable en todas partes. Jota Mario lleva una, Andrés Pastrana llevaba una los domingos debajo de sus chaquetas Tommy Hilfiger y en general está bien vista en cualquier Pomona de la ciudad.
Incluso, la historia de la bandera nacional está salpicada de social bacanería, y para los más incrédulos, juro que lo que voy a contar es verdad. Se remonta al siglo XVIII con Francisco de Miranda. Durante uno de sus viajes insignes, Miranda fue a dar a la corte de Catalina II de Rusia. A pesar de su apretada agenda, le quedó tiempo para saltar en la cama de la zarina (quizá la tarea más heroica de su vida), pedirle prestada una platica que ignoro si le pagó y hartarse de caviar y champaña proveniente de las bodegas reales. Entre los diversos objetos que fueron regalados por la monarca a Miranda, a causa de estos actos de valentía, se contaba una bandera tricolor, antigua gloria de las tropas rusas que, al parecer, había visto varias guerras y que llevaba guardada durante un buen tiempo. Sus colores iniciales eran el blanco, el azul y el rojo, pero dada la antigüedad de la prenda, el blanco estaba percudido, prefigurando el amarillo color gallina de bombillo que constituye el orgullo de nuestro pabellón nacional. En poco, nuestra bandera tuvo su origen en un polvito con una extranjera, una plata prestada y un asalto de nevera en casa ajena, tres grandes hitos de la colombianidad.
La única vez que se me ha despertado alguna hilacha de sentimiento viendo ondear la bandera nacional fue cuando el cóndor voló: en uno de los partidos de Colombia hace unos años, yo la verdad no me acuerdo cuál. Al famoso Cole, el señor de Barranquilla que se disfraza de cóndor tricolor y que acompaña al equipo nacional, lo estaban sosteniendo en plena contienda sobre el borde de una baranda para que pudiera aletear. Cuando Colombia metió el primer gol, los colombianos que lo sostenían lo soltaron para irse a celebrar y fue entonces cuando el cóndor tuvo que aletear de verdad para amortiguar una caída de cuatro pisos. En ese momento, en mi cabeza comenzaron a sonar flautas andinas a la vez que me repetía las palabras de esa canción que se robaron Simon y Garfunkel, y que tanto cantó Claudia. El pecho no se me llenó de orgullo patrio, sino de cierta desazón específica, nacional. De pronto, todo se hizo claro y pensé que la sentencia era verdad: el cóndor pasa.

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