Después del éxito del papamóvil y del teléfono móvil, llega a Bogotá la rumba móvil. Seguramente eso habrán pensado los transportadores, que desde hace un tiempo les dio por ofrecer el servicio de fiesta a bordo de un bus sin ventanas y sin puertas.
Este es el clásico ejemplo del objeto que se convierte en otra cosa, porque a algún genio le dio por sacarlo de contexto. Montar en chiva es delicioso en el Eje Cafetero, en Antioquia, en el Valle y hasta en Cafalandia, pero acá en Bogotá las chivas solo sirven para que los borrachos escupan carros, orinen en movimiento o tiren a la calle tapas de botellas y las colillas de cigarrillos.
A las personas que rumbean montados en una chiva no las quieren en la casa y por eso tienen que salir a la calle a gritarle a la ciudad, a demostrar una enrumbada en la que no están, una falsa alegría. Y, seguramente, con un ¡¡¡guuuuuuueeeeeeepaaaaaaa!!! nos quieren convencer de que a pesar de tener que montar en bus, andar cagados del frío y no tener plata para meterse entre un buen bar, su vida va sobre ruedas.
La mayoría de estas chivas vienen con una miniteca a bordo y me imagino que la fiesta la ameniza DJ. Eso con unas luces como arrancadas del techo de una patrulla de la Policía Nacional. Pero el drama no es la música, sino la gente que intenta disfrutarla. ¿Quién puede bailar entre un bus? Tal vez un degenerado de esos que a pesar de tener carro coge TransMilenio para toquetear secretarias. Agarrados del tubo o pasamanos, ese poco de desadaptados buscan pareja entre semáforo y semáforo, aprovechando la frenada en seco para arrimárselo a la usuaria chivástica. Ese amor motorizado solo puede terminar en un cambio de aceite o de novia.
Los empresarios cobran por el tour y dan trago "gratis". ¿Qué tipo de trago? Ni idea. De pronto destilan agua de charco entre un alambique ubicado en el parqueadero de estos buses rumberos, porque de lo que sí podemos estar seguros es que lo que menos se toma en las chivas es Chivas.
Los usuarios no se dan cuenta de que el licor es poco y las vueltas muchas. Porque si los pasajeros no se emborrachan por hacer circuitos sobre la misma manzana, los termina emborrachando el olor a aceite quemado y a gasolina. Para cerrar, el tour finaliza en el mirador de La Paloma que hay subiendo a La Calera, es decir: en el orinal panorámico más hermoso de Bogotá.
Esta es una de esas ideas que lo ponen a decir a uno: ¿por qué no se me ocurrió antes a mí? Claro, para haberla patentado hace mucho tiempo, guardarla e impedir que otros la hicieran. Qué lástima no haber bloqueado ese negocio y haber ayudado a la ciudad salvándola de esos buses llenos de perdedores que agrandan el trancón.
No más chivas: ni en los noticieros (de último minuto), ni en las salas de las casas (de barro) y mucho menos en las calles (de quinta). Las chivas son del monte y allá deben permanecer amarradas.

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