Una Bienal de Arquitectura como la que acaba de terminar en Cartagena da para todo. Los arquitectos se quejan. Los estudiantes quieren aprovechar al máximo cada minuto de los tres días que dura el evento. Y los que no tenemos ni idea del cuento pero nos encanta el tema de las ciudades, pues nada? nos divertimos de lo lindo entre conferencias, proyectos y debates de pasillo. El trabajo del colombiano Víctor Castro en diversos centros de siquiatría en Francia y del francés Bernard Reichen en viejas instalaciones industriales (dos arquitectos que rescatan edificios degradados o abandonados sin desvirtuar las huellas de esplendores pasados), las polémicas por los premios otorgados, algo inevitable cuando en una misma categoría se agrupan obras de una gran sencillez como la tribuna de un estadio universitario y una casa de madera pensada para alterar al mínimo los frágiles ecosistemas del páramo junto con la biblioteca de El Tintal y el Centro de Recreación de Compensar, obras de gran magnitud y con un tremendo impacto social.

Fernando Márquez, director de la revista española Croquis, habló acerca de las ?a su juicio? tendencias y actitudes más importantes de este cambio de siglo y dejó varias enseñanzas. Una de ellas produce un gran alivio: el legado del modernismo sigue más vivo que nunca. Claro está, adaptado a los nuevos tiempos, a las distintas condiciones de cada lugar y depurado de algunas de sus visiones utópicas que con el paso del tiempo resultaron callejones sin salida. El legado de Le Corbusier, Gropius, Van der Rohe y compañía prevalece a pesar de los insistentes intentos de quienes promueven el falso humanismo de los pastiches, de las burdas imitaciones de fachadas estilo París o Washington, las que han puesto de moda los constructores de hoteles y conjuntos cerrados de estilo español o nórdico.

Colombia tiene un gran patrimonio de muy buena arquitectura moderna. Y esa gran cantidad de edificios y casas de gran valor que aún sobreviven en sus ciudades y que, en muchos casos, se derriban o se intervienen de cualquier manera sin que a nadie parezca importarle, y sólo porque no son coloniales o de estilo inglés.

A una persona de cierto nivel cultural en el peor de los casos los nombres de Obregón, Ramírez Villamizar, Grau o Beatriz González le dicen algo. En cambio, casi nadie ajeno al mundillo de la arquitectura es capaz de nombrar a un arquitecto colombiano destacado del siglo XX distinto a Rogelio Salmona.

Fernando Martínez, Gabriel Serrano, Jorge Arango, Alvaro Robledo, Guillermo Bermúdez, Esguerra, Sáenz y Samper, Obregón y Valenzuela? qué bueno sería que esos nombres y los de tantos otros más de las viejas y nuevas generaciones aparecieran en las entradas de sus diseños. De la misma manera que una pintura lleva la firma de su autor. Así, cuando quienes consideran que hacer ciudad es especular con la tierra por lo menos sientan cierto remordimiento cuando tumben estas joyas de la arquitectura moderna que, al igual que las iglesias y las casonas coloniales, también forman parte del patrimonio nacional.

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