El presidente Álvaro Uribe Vélez, en su exitosísimo reality show de los sábados que recibe el nombre de Consejos Comunitarios (sistema de gestión de gobierno inspirado en una de las prácticas más populares del dictador dominicano Leonidas Trujillo, el tirano que inspiró a Gabriel García Márquez para escribir El otoño del patriarca) ha puesto de moda los diminutivos. "Ministro, mire a ver de dónde sacamos la platica". "Una vaquita más otra vaquita son dos vaquitas". "Si juntamos un centavito con otro centavito llegamos al pesito". "Doña Edelmira, prométame que con su vaquita me va a generar un nuevo empleíto". "Ministro, con esa carreterita no me vaya a dañar la selvita". Y así ad nauseam.
La manía por los diminutivos es muy latosa, además de despectiva y jarta. Pero este no es invento del actual presidente. Vaya uno a saber por qué estos son, por ejemplo, protagonistas de primera línea en reuniones sociales. No acaba uno de llegar y el muy amable anfitrión le despacha un rosario de diminutivos. "¿Quiere roncito con cocacolita o prefiere vodkita? En la mesita está el whiskicito, también hay 'yelito', guarito, papitas, chicharroncito, manicito.".
Otro par detestables desde todo punto de vista: "Ella es como gordita (o "pasadita de kilos") y "te traje esta bobadita", aun peor en su variante "perdóname la pendejadita".
¿Y qué tal en los noticieros cuando anuncian programas destinados a la tercera edad o adultos mayores, como los denominan ahora? "Gracias a esta nueva piscina comunal, los abuelitos podrán departir.". ¿Abuelitos de quién? ¿Del reportero? ¿Del dueño del noticiero?
Quien siempre lo tuvo claro fue el periodista Fernando Garavito. En 1988, en la sala de redacción del diario La Prensa, un día se paró de su asiento y exclamó, con voz de tribuno del pueblo: "A partir de hoy el único diminutivo que acepto en los artículos de este periódico es Garavito". Asunto resuelto. En La Prensa se acabaron los "vive en una casita a las afueras de Chía", "su hermanito no logró salir y murió asfixiado", "el pintoresco pueblito boyacense".
Pueblito boyacense, 'Pueblito Paisa'. De pronto Uribe se inspiró en el Guatavita de Aburrá para repartir diminutivos a diestra y siniestra.
En el terreno del cuerpo humano y sus emanaciones también son comunes ciertos eufemismos que resultan ridículos. Mientras que los españoles y los argentinos hablan del culo y del orto sin mayores reparos, en estas latitudes se echa mano de terminachos como trasero, pompis, derrière. Al maestro Juan Antonio Roda lo sacaba de quicio que las señoras dijeran 'la pipí' y 'la popó', como si el cambio de género evaporara como por encanto las propiedades físicas y químicas de los excrementos de bebés y niños de brazo y estas se volvieran incoloras, inodoras e insaboras.
Y ni hablar de la nueva cultura corporativa de calidad total, servicio al cliente, atención personalizada, la proactividad, los conmutadores y los PBX, que han llenado el habla común de expresiones rebuscadas y pretenciosas.
Palabras tan horrorosas como débito, líquido (por gaseosa), transporte (por bus), consumos (por gastos) y tantos otros originados en una gonorréica traducción de los manuales de instrucciones de equipos de oficina -tipear, accesar, implementar, forguardiar- se han vuelto de uso cotidiano y generalizado.
En el rubro de la atención al cliente, lo mismo. El surrealismo llega a ser extremo. "¿Me regala un número telefónico?" (como si el interlocutor fuera el dueño de la ETB). "¿Me recuerda su nombre?" (como si a ese desconocido que llama por primera vez lo hubiera frecuentado en una vida anterior).
Helena Sanmartín de Roselli, maestra de maestras en el arte de las ocurrencias, llamó alguna vez al consultorio de su esposo. La nueva recepcionista le preguntó:
-¿A quién desea?
-Mire, señorita, a mi edad, en mi condición y a esta hora de la mañana yo no deseo a nadie. Quiero hablar con mi esposo.
Y para terminar, otra manía insoportable de talleristas y discípulos de talleristas seguidores de la filosofía de la cultura ciudadana: hablar en primera persona del plural con tono de maestra de escuela de pueblo. "Nos colocamos en una fila", "respetamos la cebra", "somos cívicos".
Y después las quejas porque de Miami les mandan profesores a los actores para que aprendan a hablar.
Ojalá que en 2005, año en el que se celebran los 400 años de la publicación de El Quijote, alguien se acuerde del cada vez más maltratado castellano que se habla en esta esquina de Suramérica.

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