Hace poco Andrés Sanín le rindió en la revista Plan B un homenaje a la buseta, a su estética, su música, sus vendedores. A Sanín le pareció de lo mejor que las busetas paren en todas partes, que tomen atajos para escapar a los trancones, en fin, que la buseta es mejor que TransMilenio porque este último es impersonal, nadie sonríe y vive lleno.
No se puede desconocer que TransMilenio está lejos de ser el paraíso que pintan los peñalosistas, que jamás se han subido a un bus articulado, en gran parte a causa de la sobredemanda de pasajeros, en particular en el ya saturado eje de la Caracas. Pero también es un hecho que despotricar del 'sistema' se ha vuelto políticamente correcto y lo 'play' es hablar bellezas del que para todos era hasta hace un par de años el horror de los horrores de Bogotá: su red de buses, busetas, colectivos y ejecutivos. Incluso ahora se les oye decir a expertos en transporte e historiadores perlas como esta: "A la gente le gusta más la buseta porque puede dormir y lo deja en la puerta de la casa". Qué bien...
Decirlo es fácil y más cuando uno forma parte del combo de los que montamos en colectivo, buseta y ejecutivo ocasionalmente. Porque para quienes tienen que padecerlas a diario y por obligación, la música, las ventas y la paradera cada media cuadra son una verdadera tortura.
Claro, no se puede generalizar. Cuando trabajaba en El Tiempo yo era un usuario habitual del bus que cubría la ruta Salitre-Venecia-Tunal. Ese era un viaje desde la 127 por la Autopista, la 100 y la 68 hasta la Avenida Eldorado que se demoraba casi siempre lo mismo, unos 20 ó 25 minutos. Pero también fui usuario a la fuerza de los buses ejecutivos de la carrera Séptima en las noches y, créanme, esa hora y media o dos horas de recorrido eran de verdad dantescas.
Ahora, para colmo, los conductores cuentan con unos informantes que les dicen, por ejemplo, que hace dos minutos pasó el 2134 y el conductor decide irse a paso de tortuga para darle tiempo al otro bus de sacarle más ventaja... Si uno va en plan chocoloco, qué divertido. "Weooón, esto parece Calcutta, Karachi, Nueva Delhi, qué soye..."
Pero si uno tiene los minutos contados o quiere llegar a la casa a descansar, la tal chocoaventura se vuelve una verdadera pesadilla.
No sé si a un hipotético defensor de las busetas le parezca lúdico y bacano enterarse de que su mensajero no pudo cubrirle un sobregiro de vida o muerte porque se subió a una buseta cuyo motorista decidió ir a paso de tortuga, parar cada media cuadra en busca de pasajeros, ganarse un parte por coger un atajo en contravía, tanquear en una bomba y agarrarse a varilla con un taxista que se le cerró... y que por todas esas circunstancias llegó al banco tres minutos después de que lo habían cerrado.
Pero todo lo anterior es lo de menos.
Si TransMilenio transporta hoy algo así como al 15 por ciento de los bogotanos, eso significa que 15 por ciento de las señoras que nos sirven tinto a Sanín y a mí y que lavan los baños de nuestras oficinas cuentan ahora con tres horas diarias más de tiempo libre. Ya no tienen que levantarse a las tres y media o cuatro de la madrugada para dejarles listo desayuno, almuerzo y comida a sus hijos y maridos (cuando no son mujeres abandonadas) y salir a batallar con los trancones infinitos de la Avenida Suba, la Décima, la Autopista del Sur, más los dos o tres cambios de bus para estar a las 7:00 a.m. en el lugar de trabajo, porque ¡ay de que lleguen un minuto tarde!... Las echan.
Ahora, gracias al fascista e impersonal TransMilenio ellas pueden darse por lo menos una hora más de sueño, llegan en un alimentador a un portal amplio y cómodo donde cogen un bus desocupado luego de hacer una fascista e impersonal pero rápida fila y llegan a su lugar de trabajo a tiempo, pues muy rápidamente han aprendido a calcular lo que demora un recorrido de TransMilenio, con un margen de error de muy pocos minutos.
Y al regreso, lo mismo. Salen tipo 4 de la tarde, a esa hora no hay tanto agite y llegan a sus casas tipo 5 y media ó 6... bueno, está bien, a las 7 y no a las 10 de la noche, cuando tenían el infinito privilegio de viajar en una buseta.
Gracias al fascista e impersonal TransMilenio, a ese 15 por ciento de mujeres bogotanas se les ha mejorado bastante su calidad de vida. No sé a cuánto aumente ese porcentaje cuando empiecen a operar los portales de Suba y Bosa.
Si eso es fascismo...

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