Un libro y un premio nacional de arquitectura son los pretextos para dedicarle esta columna al arquitecto Enrique Triana. El libro se llama Enrique Triana, obras y proyectos, de Jorge A. Mejía, que acaban de publicar la Corporación La Candelaria y Planeta. El Premio Nacional de Arquitectura lo recibió el pasado 31 de octubre, en compañía de Juan Carlos Rojas Iragorri, por las nuevas salas del Museo de Arte del Banco de la República.

Triana forma parte de la generación de arquitectos que adaptaron el modernismo a las características propias de la geografía de la Sabana de Bogotá, y encontrarse con varios de sus edificios es uno de esos escasos placeres que les ofrece esta ciudad a quienes la caminan y la recorren. Porque, a pesar de la austeridad y el bajo perfil de sus volúmenes, la mayor parte de los edificios de Triana resaltan por la nobleza de sus materiales y el cuidado que suele ponerles a detalles tales como ventanas y balcones.

Como suele ocurrir con todos los arquitectos, algunas de sus obras desconciertan por lo anodinas o lo francamente feas. Pero estas son la excepción. Y a Triana uno le agradece que en buena parte de sus proyectos no solo haya resuelto las inquietudes de sus clientes y se haya ajustado a sus presupuestos sino que, por encima de todo, haya pensado en la ciudad.

De Triana siempre me gustaron dos edificios vecinos en el costado norte de la calle 85. El que da contra la paralela es el Edificio Uribe, y data de 1961.

El de la cuadra de arriba, llamado Edificio Triana porque lo construyó para Jorge Triana, su padre, es el que más me gusta y es uno de mis edificios favoritos de Bogotá. Gracias al libro de Mejía vine a enterarme de que Triana también era el responsable de varios edificios y casas que me encantan. Uno de ellos es el edificio de apartamentos del barrio La Merced, que a pesar de ser tan diferente a las casas de ladrillo del llamado estilo inglés en ningún momento rompe con la armonía del barrio más lindo de Bogotá.

Esos edificios dispersos de Triana, y de otros arquitectos como Triana, son los que ayudan a soñar en que Bogotá podría ser, de veras, una ciudad hermosa. Porque no son ni Torres del Parque ni Bibliotecas Públicas, obras tan necesarias para que una ciudad sea ciudad y no, como decían por ahí, una suma inconexa de pueblos o "el suburbio de una ciudad que no existe". Esos edificios sobrios, construidos con materiales nobles que envejecen con gran belleza, contrastan con esos adefesios tan de moda que se clonan y hacen metástasis por toda la ciudad como un cáncer maligno, tal vez porque fusilar es más rentable que contratar arquitectos que diseñen. Y si el negocio ya no da para que los arquitectos diseñen, ¿por qué no fusilan entonces a Triana, a Robledo, a Guillermo Bermúdez, a Fernando Martínez?

Pero bueno, al menos los edificios de Triana sobreviven. Lástima que no haya cien Trianas más por toda la ciudad. Y si tumban los que quedan, al menos queda para el recuerdo este pequeño libro tan bien editado.

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