Después de ver Soñar no cuesta nada en una sala de cine y Colombian dream y Al final del espectro en DVD, uno se pregunta si tiene sentido darle más cuerda a la eterna cantaleta de diversos líderes de opinión que desde hace décadas repiten que deberían acabar el cine colombiano, que para eso está el de Hollywood. Y resulta que estas tres películas son apenas una pequeña parte de lo que se ha producido en estos últimos meses, de lo que está en proceso y lo que se proyecta hacer. Esas películas, tan distintas entre sí, dan fe de un país donde viven y vibran jóvenes y no tan jóvenes ávidos de contar historias, ya sea con una cámara de cine de 35 milímetros o con la opción de video de un teléfono celular. Hasta el punto que, después de Medicina, Cine es la carrera con más aspirantes en la Universidad Nacional.

El desarrollo de lo audiovisual en Colombia ha sido impresionante. Basta ver las nuevas propuestas en el manejo de las cámaras y las imágenes que comenzaron a aparecer en la primera etapa de Citytv en espacios ya desaparecidos como Ciudad Total, Ociópolis y Mutantes y que ahora están presentes en otros programas como Sub30, de Señal Colombia. Es la influencia del lenguaje de los videos musicales, lo que a su vez ha permitido reelaborar la representación de lo colombiano a través de miradas directas, desenfadadas, desprovistas de la prosopopeya propia de tiempos en los que se anunciaba: "Colombia se viste de gala", es decir, de esmoquin con bandeja paisa, aleros de teja de barro y cortinajes de terciopelo rojo.

También ayuda el auge de nuevos formatos que permiten experimentar y grabar a costos más razonables. Incluso, el desarrollo de una música colombiana contemporánea cercana al rock y la electrónica ha traído como resultado bandas sonoras impactantes y muy recursivas.

Todo lo anterior sale a relucir de manera más que evidente en Colombian dream, la película de Felipe Aljure, una historia que denuncia varias de las perversiones de la cultura traqueta del atajo y del dinero fácil a punta de vértigo, humor negro, exageraciones, ojos de pescado que distorsionan rostros, de cámaras que fisgonean por delante, por detrás, desde arriba y desde abajo, de colores reventados. Un homenaje soberbio a la tierra caliente, una película que podría pasar por videoclip. Una película arriesgada que seguramente sacará ampolla por cometer la herejía de meterse con los colores patrios de la bandera patria y las notas marciales del himno patrio.

El cine colombiano, a punta de décadas de prueba y error, también ha aprovechado el laboratorio de la televisión, de donde salen actores, directores, técnicos y libretistas bien fogueados. Es decir, personal capacitado, profesional, que no se improvisa sobre la marcha. Porque con ellos ha llegado una nueva generación de productores que planifican desde el comienzo todo el proceso del rodaje. Eso les permite convencer a posibles inversionistas (y más ahora gracias a los incentivos tributarios de la Ley del Cine, amenazada de manera absurda en la nueva Reforma Tributaria) y manejar presupuestos y tiempos, maximizar costos, no verse obligados a dejar proyectos abandonados a mitad de camino porque se acabó la plata.

En la diversidad está el placer. Soñar no cuesta nada, así como las películas de Dago García, en Diástole y sístole, de Harold Trompetero, están muy ligadas al star system de la televisión nacional, lo que atrae a un público familiarizado con estos actores y que a veces se encuentra con un cine comercial de calidad, como es el caso de Soñar no cuesta nada.

Al final del espectro, en cambio, es una propuesta de corte mucho más sobrio, más de autor, un cine psicológico que maneja elementos clásicos del cine de terror, intimista, sin tiempo ni lugar determinados. Pero las tres películas tienen algo en común: cuentan muy bien sus respectivas historias, algo aparentemente obvio cuando se habla de cine, pero que a veces fallaba, y de manera grave, en el cine nacional del pasado.

Negarle a un país la posibilidad de hacer su propio cine es un exabrupto. Y para que arranque de manera definitiva es necesario hacer muchas películas. Algunas saldrán mejores que otras, algunas serán éxitos de taquilla y otras filmes de culto.

El cine colombiano no es un colombian dream. Es una colombian reality que todavía necesita de un empujón más para consolidarse. Es una industria cultural todavía frágil, todavía incierta, pero está ahí, con calidad, variedad y cada vez más cantidad. Es una realidad, así les duela a los que, como dice el propio Felipe Aljure, se conforman con "ser aparato digestivo y no neurona".

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