La vida es muy cruel. Para la muestra, la agonía que vive en estos días el pobre Andrés. Le van a mandar nada menos que al general Colin Powell para que le ponga un nuevo norte (un nuevo sur, en realidad) a la guerra contra las drogas.

Eso significa, en plata blanca, chao Premio Nobel de Paz.

Pobre Andrés… durante estos tres tormentosos y desagradecidos años se ha dedicado a luchar en franca lid por el preciado galardón. Hasta se apareció por Oslo para postular su nombre.
Y qué lucha. Aguantarle todo lo que le ha aguantado a guerrilleros, paramilitares y opositores políticos; el ex presidente López Michelsen lo llamó “frívolo e incompetente”; se disfrazó de futbolista durante tres semanas en las que guio los destinos de la patria no desde los cómodos sillones de su palacio sino desde los incómodos palcos de los distintos estadios donde se jugaba la Copa América; una vez obtenida la ansiada Copa de la Paz se abrazó con la totalidad de los jugadores de la Selección Colombia sin distingos de raza, sexo, credo o condición; en una entrevista privada intercambió impresiones y experiencias con Cecilia Bolocco, ganadora de un premio orbital aun más importante que el Nobel de Paz como lo es el de Miss Universo. Incluso hizo el sacrificio supremo de irse a la zona industrial de Bogotá para aparecer en el programa de televisión Yo, José Gabriel donde, además de cuadrar un partido de tenis con Fabiola Zuloaga y José Gabriel, se mostró sencillo como Mandela, sacrificado como Ghandi, abnegado como la Madre Teresa. Sin duda, un soberbio candidato al Nobel de Paz.

Pues aunque nos duela reconocerlo, no se pudo. Esa platica se perdió.

Pero, ojo, Andrés no es el único que sufre semejante pérdida. Sufre Colombia entera. De la misma manera que Andrés proclamó en Paraguay que “este es un triunfo de 41 millones de colombianos” cuando le hizo el mandado a Santo Domingo de recuperarle la sede de la Copa América, ahora tenemos que decir todos al unísono: “Esta es la derrota de 41 millones de colombianos”.

Y vaya derrota. Porque no sólo perdemos el Nobel. También nos vamos a perder de los preparativos del viaje. ¿Qué peinado iba a lucir Nohra? ¿Un Norberto? ¿O acaso un Quevedo? Nunca, nunca lo sabremos. Y el viaje. Nos vamos a perder del gracioso espectáculo que nos tenían reservado los miles de amigos que le iban a aparecer a Andrés de la nada echándose codo el uno al otro para obtener un cupo en el charter Catam–Oslo non stop.

Nos vamos a perder del libro Chicó Oriental–Oslo, segunda parte del inolvidable Aracataca–Estocolmo que se publicó en su momento con las fotos del viaje de García Márquez y sus amigos.
Nos vamos a perder del traje que hubiese lucido Andrés durante la ceremonia de entrega del Nobel. Si García Márquez le rindió tributo a su ancestro caribe con un liqui liqui, Andrés se hubiera decidido por el uniforme del colegio San Carlos y la toalla de Tirofijo a manera de foulard casual pero elegante.

Si Totó acompañó a García Márquez con sus tambores, pues para Andrés lo ideal habría sido llevarse a Toto. Pero como Toto ya no existe, nos vamos a perder de un recital de Juanes, o de Andrés Cepeda, en fin, de alguien que haya sonado mucho en La FM de Julito, …¡perdón, de Marbelle! No olvidar que otro loable gesto del gobierno de Andrés digno de un Nobel de Paz fue haber oficiado de padrino en la boda de la célebre cantante de tecnocarrilera.

De lo otro que nos vamos a perder, mejor ni hablar. Ya de regreso en Bogotá, de Andrés en el carro de bomberos dándole una y otra vez la vuelta al Parque de la 93, de las avionetas de Dyncorp, en el mejor estilo de las revistas de acrobacia aérea, fumigando el cielo capitalino con nubes de glifosato amarillo, azul y rojo, de las nuevas rodilleras Nike de Morenito…
Nos vamos a perder de tantas cosas, pero sobre todo de un verdadero clásico del diseño de interiores: un premio Nobel de Paz exhibido al lado de una piedra lunar.

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