En la edición anterior de SoHo, en uno de los apartes de la muy extensa encuesta acerca de cómo ven las mujeres a los hombres, se lee lo siguiente: ?Evite los happy hour como la peste?.

Perentorio. Sin atenuantes: se pone al happy hour a la altura de la velada de chimenea con guitarra y canciones de las que les encantan a los protagonistas y actores-cantantes de Francisco el Matemático (Lerner, Silvio, Pablo, sí, es cierto, eso es la peste) y otras prácticas inenarrables propias de la cultura de los oyentes de La hora de El Gato.

A primera vista es más que entendible la admonición del analista de encuestas de esta revista y más si uno reduce las cosas a una simple regla de tres de corte netamente mercantilista:

HH/CP = RFAO/CBF

Donde HH es happy hour, CP es coctelito play, RFAO rebajas de fin de año en Olafo, y CBF comprar en boutique de Ferragamo.

Suena convincente. Invitar a una mujer a un happy hour es tan poco glamoroso como llevarla al Spring Step de Chapinero o el 7 de Agosto.

Ver el happy hour como un ahorro líchigo es, sin embargo, una ligereza desde varios puntos de vista.

Pero antes, dos advertencias necesarias: 1) Se defienden en esta página los happy hour de 5 a 7 pm de lunes a jueves. Obviamente esos happy hour de lunes a domingo jornada continua que comienzan a las 10:00 a.m. y terminan a las tres de la madrugada no forman parte del asunto porque no son otra cosa que advertencias de inminente quiebra del establecimiento comercial por falta de clientes. 2) El nombre happy hour es terrible. No solo porque es en inglés sino también porque su significado en castellano deja mucho que desear.

Pero de allí a decir que el happy hour debe evitarse como la peste hay un abismo. Es una ligereza de marca mayor. El supuesto ahorro, más que evidente en una liquidación de aniversario de ropa interior, en el caso concreto del happy hour es una utopía del siglo XXIII. En el happy hour, de entrada, se asegura que la acompañante acepta dos tragos. Y una cosa es tomarse un trago y otra muy distinta tomarse dos.

¿Cuántas citas en lugares play no terminan de cualquier manera después del primer trago?

En cambio, los dos del banderazo que garantiza el happy hour en cuestión de 20 minutos se vuelven cuatro. Se ahorra en volumen (costo-beneficio) pero se gasta más. Y como la hora del happy hour se acaba más rápido de lo previsto ("¿Que qué? ¿Ya son las siete? ¿A qué horas se hizo tan tarde?") a partir de ese momento el gasto es demostrado: el happy hour puede y suele salir más costoso que una invitación a un lugar exclusivo. Corríjanme si me equivoco, pero creo que es más digno gastarse, por decir algo, US$15 en tres rondas (seis tragos fuertes, bien calibrados) que los (se cita un caso extremo) US$9, al cambio, que cobraban en la fiesta de 10 años de Keops por un par de vodkas servidos en vaso de plástico que en realidad eran hielo, gaseosa y una muestra micrométrica de Smirnoff que dan como resultado no tomar más y seguir la fiesta a palo seco.

Pero no es solo un cuento de billete. También tiene que ver con la hora. Tomar trago de cinco a siete un día entre semana sigue siendo una transgresión, muy atenuada en estos tiempos, pero al fin y al cabo es una transgresión.

El atardecer, ese momento que no es día ni es noche, en el que los cerros de Bogotá adquieren un tono verdoso tan particular y el cielo cambia de formas y colores casi como en una película experimental sicodélica, qué mejor momento para inyectarle un par de tragos típicos de happy hour en los que, bajo el coqueto adorno de una inocente cereza, inyectan vodka, tequila, triple sec, ginebra, ron blanco y un poco de curaçao blue que le da al asunto un toque de fantasía.

Sería bueno hacer una cruzada para: a) Prohibir los happy hours de más de tres horas de duración. (O hacerles censura social, a lo Mockus). b) Ponerle un nombre menos cretino. Por ejemplo, algo insinuante como hora tiniebla o, si se quiere entrar en la onda de las narrativas de los observatorios de cultura ciudadana, hora del reconozcámonos como constructores activos de tejido social.

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