"Envidiable el conocimiento y la formación académica de Arias. Politólogo, humorista, fanático analista, crítico de arte, economista, abogado, teatrero, astronauta, econometrista, estadístico, billarista, futbolista fracasado. Sabe tanto que sabe a M". Este comentario lo puso Rodrigo en www.soho.com.co, sin apellido, sin cédula. Además lo envía desde un correo que no existe: rodrigoeme@hotamil.com (¿alguien sabía de la existencia del servidor hotamil?). Un típico mensaje anónimo, sin argumentos, que además me endosa de manera inmerecida una serie de conocimientos académicos de los que carezco.
Llama la atención, porque refleja el desprecio que sienten amplios sectores de la población colombiana y mundial por el conocimiento. Más que por el conocimiento en sí, por las ganas de aprender. El culto a la ignorancia es muy cool. Lo refleja la novela Yo soy Charlotte Simmons, de Tom Wolfe, a la que la crítica de Estados Unidos le cayó con todo, tal vez porque Wolfe se metió con las universidades gringas de la élite, esos santuarios del saber tan políticamente correctos donde seguramente estudiaron quienes se dedicaron a destrozar la novela. Wolfe describe cómo los estudiantes que levantan viejas son los que hacen gala de su ignorancia, los que hacen creer que les importa un pepino estudiar así se claven a escondidas a altas horas de la noche, cuando nadie los vea, para poder aprobar los exámenes.
El despectivo calificativo de nerd se aplica a quienes expresan opiniones que van más allá del comentario trivial. De hecho, en la promoción por televisión de un nuevo reality se menciona "mecánica cuántica" seguido de "guácala". La física de partículas, tal vez la principal aventura intelectual del siglo XX, reducida a la expresión "guácala" por el muy cool creativo de una agencia de publicidad.
Andrés Grillo es un gran periodista. Apasionado, entre muchos otros temas, por asuntos relacionados con religiones, mitos, fetichismos, medicina tradicional de los indígenas... Le dicen "enciclopedia de conocimientos inútiles". Conocimientos inútiles. ¿Qué diablos es eso?
Y, en el hipotético caso de que existan los conocimientos inútiles, ¿cuáles son los útiles?¿Acaso cómo hacerse multimillonario a punta de demandar a la nación? ¿O tal vez cómo evadir impuestos y de paso sacar de Colombia las utilidades de una empresa? ¿O de pronto declarar una quiebra ficticia para poder echar a los trabajadores sin tener que pagarles liquidaciones ni indemnizaciones?¿O quizás cómo robarle terrenos a la finca del vecino sin que pueda demandar? ¿Esos sí son conocimientos útiles?
Obvio, no hay nada más insoportable que una persona que presume de su sabiduría, que cada dos frases cita filósofos franceses que nadie conoce y que muy probablemente ni siquiera existen, que mira por encima del hombro y con la jeta torcida a su interlocutor porque no tiene todos los CD de Cigala. Nadie es mejor por saber más, por citar más, por descrestar más. Pero el culto a la ignorancia es terrible, porque aleja a la gente de la posibilidad de disfrutar del placer mismo del conocimiento. Ahora que amplios segmentos de la población tienen acceso a la información inmediata gracias a Internet, resulta paradójico que se le tilde de nerd a quien quiera saber los orígenes del conflicto entre israelíes y palestinos, en qué parte de la India se habla tamil, en qué leyendas medievales se basa El anillo del Nibelungo.
Peor que lo anterior, el culto a la ignorancia es repugnante por el trasfondo ideológico que carga. Nada peor que una élite arribista, arrogante, sumida en la ligereza y la ignorancia, incapaz de argumentar de manera crítica, y que a su vez somete a su pueblo a punta de pan y circo. De allí nace el conformismo baboso que transforma civilizaciones enteras en dictaduras basadas en el manejo del miedo. Y de ello la historia antigua y reciente ofrece muchos, muchos ejemplos.

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