En el momento de escribir esta columna (última semana de marzo) recibo todos los días un ejemplar de El País, de Madrid. Y cada día, El País le dedica tres páginas enteras a Colombia. No es mérito de Uribe ni de los Holguín Sardi, ni del clan Araújo, ni de los discípulos aventajados de don Rito Alejo, como tampoco de Raúl Reyes cuando, desde su guarida, reitera la vocación criminal de las Farc con su tonito de estadista de quinta. El mérito es de la cultura. De la fiesta del castellano. Del homenaje a Gabriel García Márquez.

Pero, ojo. Lo que impacta no es el pastillaje de personalidades que van y vienen y saludan y sonríen.

Lo que de veras impresiona es el transfondo. La gente que en Colombia, desde hace rato, se apropia de estos eventos como si fuera un mundial de fútbol. En la edición del viernes 30 de El País, varios entrevistados coinciden: lo mejor del Congreso de la Lengua fue la energía. Se refieren a los llenos en los eventos. Para ellos, españoles, resultó inexplicable y sorprendente la participación activa y masiva de la gente de la calle en cuanto evento se programó, lo que contradice a ciertos internautas que califican estos eventos de elitistas.

Lo que, entre paréntesis, tampoco es un buen argumento para descalificar un evento cultural. Con respecto al presunto elitismo del Festival Internacional de Música Clásica que se realizó en Cartagena en la segunda semana de enero, señala lo siguiente un amigo que no menciono para que en el estrato 7 no le quiten el saludo: "Qué bueno que las élites de este país aprovechen sus vacaciones de enero para educarse un poco. Porque si algo terrible tiene la clase dirigente de este país —salvo pocas excepciones— es su extrema ignorancia".

Otro paréntesis con respecto al supuesto elitismo de la música clásica: jamás he oído decirle a nadie que un concierto de Shakira, de Roger Waters o una maratón de reggaetón por los que cobran boletas de 200.000, 500.000 y hasta un millón de pesos sean elitistas. En cambio se rasgan las vestiduras cuando cobran 35.000 ó 50.000 por un concierto de música clásica de primer nivel.

Los eventos culturales con un componente gratuito y educativo sacan a relucir ese gigante dormido. Porque si algo gigantesco tenemos los colombianos es el afán por recibir y transmitir cultura. Un gigante dormido que despierta cada vez que se activa el catalizador adecuado: bibliotecas públicas a reventar; colas de varias cuadras para ver a los Guerreros Terracota, a Picasso; asistencia masiva a las bibliotecas...

Y, lejos de las ciudades y medios masivos, en otra escala, despertar ese gigante dormido de la cultura se ha convertido en un arma de resistencia contra la pobreza, la violencia y el desplazamiento.

La cultura no calma el hambre ni mejora la calidad del agua. No les devuelve a los desplazados las hectáreas que les robaron los paras. No revive a las víctimas que asesinaron los guerrilleros. Pero es un instrumento que les permite a las comunidades desplazadas mantener viva su esencia, su orgullo. A través de la cultura, las víctimas de las atrocidades recuperan, al menos en parte, la autoestima que les han barrido a bala, a punta de excluirlos. Como sucede en Altos de Cazucá, en Soacha, donde los desplazados del Pacífico han logrado reconstruir la vida diaria que llevaban a orillas del Atrato o del Micay, y lo hacen a base de comida y música.

Algo tan sencillo como la obra de teatro que montan unos niños en una escuela perdida en los Montes de María. O el ensayo de un grupo de adolescentes que tocan marimba y tambores en un caserío de la bahía de Málaga. Y esto se refleja en el orgullo infinito que sintieron los niños desplazados del barrio Nelson Mandela, de Cartagena, cuando recibieron el aplauso de los integrantes de la orquesta de cámara canadiense I Musici, luego de interpretarles la Cumbia cienaguera y Brisas del Pamplonita. Como sucedió en el muy elitista Festival Internacional de Música de Cartagena.

Cultura es mucho más que un ritmo, un tipo de tejido o una receta. Resulta imposible calcular su verdadero alcance en los términos de quienes miden el Producto Interno Bruto o el número de kilómetros de carreteras pavimentadas.

Pero está ahí. Es un gigante que cuando despierta pone a temblar. Ya sea en Medellín o en San Juan Nepomuceno. Tal vez, por ese motivo, la cultura suele ser el principal blanco de las dictaduras de derecha y de izquierda. Y es el arma que nunca pueden robarles a los pueblos que mantienen su voluntad de resistir.

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