Cuando el avión se aproxima a la pista de El Dorado por el occidente siempre aparecen. Si uno mira hacia la derecha, ahí están el Manjui y la Tribuna, y, un poco más allá, los terrenos áridos de Chivo Negro que van a dar casi al lado de los cerros que ahora llaman Sabriskie Point. Si uno mira por la ventanilla izquierda aparecen los contrafuertes de El Tablazo, la medialuna que forman dos pequeñas cordilleras entre Subachoque y La Pradera, el Juaica, el Majui y al fondo los cerros orientales de Bogotá, con su infinito arsenal de formas y colores. De noche sus luces dan pistas: el bosque de antenas del Manjui, la luz roja del picacho que está detrás de Santa Bárbara Alta y Santa Ana, las luces más densas de El Cable, Monserrate y Guadalupe.

Llevo 44 años y medio en Bogotá y esos cerros son algo así como los principales hitos de una pequeña patria mental que abarca casi todos los confines de la Sabana de Bogotá y que se alarga hasta la orilla del Magdalena y se trepa a los páramos Cruz Verde, la Viga, Siecha....

Cuando era un niño, ver ahí no más la iglesia de Monserrate significaba que estaba en mi mundo: el Centro, Teusaquillo, la casa de mis abuelos en la avenida 39, el apartamento de la calle 38 donde vivíamos y desde donde era posible ver subir y bajar el teleférico.

Ver desde el norte la iglesia de Monserrate tapada por los eucaliptos significaba el desarraigo, estar muy lejos de casa, la inseguridad, el horror de la primaria en el ultrarrepresivo colegio Helvetia de los años 60 plagado de matones y de profesores nazis. Sin darme cuenta, durante los eternos recorridos del bus escolar me volví experto en reconocer las diferentes formas que adoptan los cerros de acuerdo desde donde se les mire y jamás he perdido la costumbre de descubrirles nuevos ángulos.

Lo que siempre consideré un juego de niño y luego un ejercicio de nostalgia y una señal de apego por Bogotá y Cundinamarca adquirió un significado mucho más fuerte y coherente desde que hace un par de meses oí a la antropóloga Saskia Loochkartt y al arquitecto Camilo Ávila, quienes, junto con María del Pilar Mejía y Juan Ricardo Aparicio, se han dedicado a darle una mirada fascinante al altiplano cundiboyacense. Ellos han descubierto que esa gran cantidad de pueblos regados en valles y laderas de Cundinamarca y Boyacá no están allí porque sí. Con el apoyo de un GPS (instrumento de altísima precisión que permite determinar las coordenadas) descubrieron que la gran mayoría de las iglesias de estas poblaciones (91 de 95, para ser más exactos, construidas en antiguos lugares de culto o de reunión de las poblaciones indígenas) están alineadas en grupos de tres, cuatro o cinco, de acuerdo con la trayectoria del sol el 21 de diciembre, día del equinoccio de invierno. Es decir, que los movimientos del sol y su relación con las montañas y los valles determinaron la manera de ocupar el territorio. Una visión en la que cultura y naturaleza, en vez de ser opuestas, estaban totalmente entrelazadas. Un sentido de pertenencia con el territorio.

A partir de este hallazgo ellos han formulado todo un esquema para proponer un manejo del territorio del Altiplano y de sus recursos en el cual se considere la tierra no solo como un bien material sino espiritual, algo que no solo se explota sino que se conserva y se quiere porque recupera ese significado que siempre ha tenido para las culturas indígenas.

Es cambiar, como dice Saskia, esa visión de hombre y paisaje propia del romanticismo, esa contemplación desde afuera 'yo aquí paisaje allá', una tarea muy dura luego de tantos siglos de predominio de ese modelo que nos enseña a mirar el territorio como algo que está al servicio del hombre y no como una parte integral de su vida, de su propio ser.

"Las montañas hablan", asegura Camilo. A mí me consta que es así.

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