Los tímidos del mundo estamos de luto. Hace pocos días murió George Harrison, el tímido más famoso del siglo XX. Pero, además de tímido, George era un tipo muy raro. ¿Cómo catalogar a este personaje tan singular en la historia del negocio del espectáculo? Era el encargado de los solos de guitarra de la banda más importante de todos los tiempos, pero casi nadie lo cita cuando se hacen listados de los grandes guitarristas que ha dado el rock. Místico, pero también un apasionado de los carros de carreras, ruidosos, poco aptos para practicar la meditación trascendental y tan propios del mundo material. A diferencia de John, Paul y Ringo, casi nunca fue noticia tras la separación de los Beatles. Si acaso tras el fenomenal impacto que provocó la aparición de su álbum All Things Must Pass, en 1970, un año después cuando organizó el concierto a beneficio de las víctimas de la guerra de Bangla Desh y, en menor medida, en 1973 cuando publicó su canción Give Me Love, y en 1987 con el álbum Cloud Nine. Su nombre volvió a sonar cuando se alió con Roy Orbizon, Bob Dylan, Tom Petty y Jeff Lynne para crear la efímera banda de los Travellin’ Wilburys. Pero poco o nada más que eso. Ah, también fue noticia en 1975 cuando perdió el pleito al ser acusado de plagio, pues el parecido de su superéxito My Sweet Lord con la canción She’s so Fine, de las Chiffons, era demasiado evidente. Como Beatle, Harrison casi siempre pasó agachado. Su volumen de composiciones siempre fue avasallado por los temas de John y Paul. En tiempos de la Beatlemanía se adaptó de maravilla a su papel de discreto guitarrista al que muy de tarde en tarde le dejaban cantar alguna canción (Do You Want to Know a Secret, Roll Over Beethoven, cosas así). Eso sí, en las ruedas de prensa, en las que los cuatro Beatles se mostraban igual de importantes, como buen tímido que era Harrison soltaba a cuentagotas su humor corrosivo, que complementaba de maravilla la entonces aún simpaticona irreverencia de John, el sex appeal de Paul y los instintos maternales que inspiraba Ringo. Pero casi ninguna chica se enamoraba de George. Era tan tímido, tan raro… En 1965, George se encontró de casualidad con un sitar durante la filmación de la película Help! Y el tímido Beatle comenzó a crecer pero a lo hindú. Crecimiento interior. Introspección. Meditación. Como decía Gustavo Gómez Córdoba, en sus canciones de amor no se sabía si le hablaba a su esposa Patty o a Dios. Ah, y ya que hablamos de Patty y de lo raro que era George, no sobra recordar que se casó con ella porque se le hacía idéntica a Brigitte Bardot y claro, ese matrimonio no funcionó muy bien. De hecho, Patty, aburrida de la vida tan jarta que le daba Harrison, se largó a comienzos de los 70 con el gran guitarrista Eric Clapton, el mejor amigo de George, detalle de fina coquetería que no alteró para nada la relación entre el par de comparsas. No es fácil quererlo. Alguna vez invitó a su casa a Ringo y a su esposa Maureen Cox y, en medio de la cena, les proclamó a los asistentes (entre ellos Patty) que en realidad estaba enamorado de Maureen, que quería acostarse con ella. Qué falta de estilo… En su autobiografía I, Me, Mine, Harrison le dedicó páginas enteras a decenas de guitarristas de blues, rythm’n blues y rock’n roll que lo habían influenciado pero no mencionó a Lennon, su maestro y protector. Sí, un tímido, un tipo raro. Cuando se revisa de manera desapasionada la biografía de George uno quisiera decir como Jaime Garzón en Quac cuando representaba al magnate: “Qué tipo tan jarto”. Pero basta oír por millonésima vez el primer acorde de Here Comes the Sun, el genial comienzo de While my Guitar Gently Wheeps, el solo de guitarra de Something o el riff electrizante de What Is Life para perdonarle todo y reconciliarse una vez más con el buen George, el gran George, el tímido más famoso del siglo XX.

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