Gracias por venir. Con frases como esta nos despedían al fotógrafo de Semana León Darío Peláez y a mí cuando nos íbamos de lugares como Machuca, el barrio La Chinita en Apartadó, Bellavista (la nueva Bojayá) o La Gabarra. Les parecía rarísimo que dos periodistas de Bogotá no hubieran ido en plan de recrear masacres de paramilitares o de conmemorar aniversarios de ataques guerrilleros o de buscar testimonios de la muerte sino que se hubieran pegado semejantes viajes en busca de imágenes que mostraran que en aquellos lugares estigmatizados por la guerra, el miedo y los medios también hay paisajes bonitos y se ven niños que ríen y juegan.

El resultado de estos viajes forma parte de una muestra fotográfica de León Darío Peláez que forma parte de un gran proyecto artístico, político y de reflexión denominado Proyecto Destierro y Reparación, que se exhibe hasta el 15 de noviembre en el Museo de Antioquia.

Esos nombres (nos faltó visitar muchos, muchísimos: Mapiripán, El Aro, Patascoy, Chengue) para un colombiano promedio son sinónimo de masacre, de muerte, de violencia. Nombres que antes no existían para el común de las personas y que de la noche a la mañana se volvieron eso y solo eso. Basta meterse a Google o a los archivos de los medios para comprobarlo. La gran mayoría de las referencias, cuando no todas, están referidas a la tragedia que puso esos nombres en los titulares de los diarios y los noticieros.

Pero esos nombres identifican sitios donde, a pesar de la tragedia, la vida sigue y, por lo tanto, merecen ser reparados. Así sea de manera simbólica.

En algunos de estos lugares no más al llegar uno se enamora de la topografía. La Gabarra, por ejemplo, queda en una depresión rodeada de mesetas en el extremo nororiental de Norte de Santander, a orillas del río Catatumbo. Un lugar donde se combinan los colores y las formas de los Llanos orientales y de las estribaciones de los Andes. Cómo describir el poderoso río Atrato que separa a Bojayá de Vigía del Fuerte, a Antioquia de Chocó, pero une a sus habitantes que se desplazan en canoas largas y delgadas. O qué tal esas selvas del occidente de Antioquia que, al menos desde el aire, se ven intactas durante 20 minutos seguidos de vuelo en avioneta. Granada podría ser el famoso pueblo blanco colgado de un barranco de Serrat, pero no con vista al Mediterráneo sino a los valles profundos que trazan los ríos que bajan de las montañas del oriente antioqueño.

Pero estos lugares también son mucho más que un paisaje bonito. Cuando uno llega con los riñones despedazados tras 50 kilómetros de trocha en un jeep sin suspensión, tal vez lo más fuerte que uno encuentra es la dignidad de las personas. La manera como enfrentan un pasado doloroso que a veces todavía es presente. Algunos lo hacen con tambores y gaitas, con obras de teatro que les permiten recordar el pasado. El símbolo particular de esa resistencia puede ser algo tan sencillo como una biblioteca, una guardería, un salón del despacho parroquial que sirve de auditorio, una cancha de básquet cubierta, una emisora de radio comunitaria, un pozo de aguas tranquilas y profundas que se forma en la quebrada cercana y donde los niños y los jóvenes se van de paseo los domingos o en las tarde de sol.

Estos lugares están muy lejos del paraíso y están a años luz de ser el paraíso, de los clichés de Colombia es Pasión, de los itinerarios de las caravanas de Vive Colombia, Viaja por Ella. Casi todos están aislados, padecen graves problemas de pobreza, de empleo, de salud. En algunos de ellos se vive en carne propia el desastre ambiental de la minería, que todo lo devasta. Pero estos lugares son mucho más que una noticia de orden público, un cadáver tirado al lado de una carretera, una mujer llorando o un retén militar. En cada uno de estos lugares resiste Colombia. Una Colombia imperfecta, que a menudo duele demasiado, que casi nunca se refleja en ese patriotismo abstracto que generan la bandera, el himno o las instituciones. Una Colombia que en esos rincones estigmatizados por la tragedia destila sobredosis de dignidad, de orgullo, de entereza.

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