Muchas veces Hollywood se encarga de distorsionar de tal manera la visión del mundo que hace pasar por verídicos a Rambo y al vaquero que con un revólver de seis balas extermina a cien indios malvados que lo persiguen por un desfiladero. Pero a veces a Hollywood le alcanza el presupuesto para dejar los temas de guerra y heroísmo militar en manos de directores honestos como Ridley Scott. El resultado, La caída del Halcón Negro, una película que le cae como anillo al dedo a un país polarizado de manera caricaturesca, cretina e irresponsable en un discurso de guerra y paz, en blanco y negro, de buenos y malos, un país que quiere convencerse de que Rambo es real y que él solo es capaz de acabar con la cúpula de las Farc y del Eln en un par de operaciones comando coordinadas desde el Pentágono, que solo es cuestión de presupuesto y voluntad política… ah, y de llamar a los gringos, eso sí.

La caída del Halcón Negro se encarga de recordar que la vida real no es tan sencilla como decir alegremente “habrá futuro” o “el cambio es ahora”. Scott recrea un hecho real que ocurrió en Somalia en 1993. Un escenario muy distinto en el detalle a Colombia, saltarán a decir pazólogos, violentólogos y colombianólogos. Sí, es cierto, la de Somalia es una guerra tribal entre negros bárbaros; nosotros, en cambio, somos pluralistas, civilistas, democráticos…

Pero lo que cae como anillo al dedo en esta época de candidatos que suben y bajan como espuma en las encuestas a nombre de la guerra y la paz es ver cómo lo que en el papel se ve tan fácil (una operación limpia de asalto para capturar a unos líderes políticos y militares de una facción genocida que a lo sumo tomará una hora) se transforma en una carnicería a la que se llega por una cadena de pequeños imprevistos con los que no contaron los expertos militares de élite entrenados en el Pentágono y que convierten las palabras mágicas “cuerpo élite” y “comando” en un aquelarre de rostros sudorosos perdidos en un laberinto de calles hostiles, asediados por el empuje desordenado de los flacos.

Flacos… así llaman de manera despectiva a los milicianos somalíes estos Rangers, estos Fuerzas Delta, estos Rambos que de milagro regresan a su base con sus ropas impregnadas por su sangre y las de sus compañeros muertos en combate.

Demasiados que deberían mirar con detenimiento los voceros de la guerra del eje Parque de la 93 – Anapoima – Miami, que anuncian con bombos y platillos la necesidad de un blitzkrieg en las montañas de Colombia. Scott presenta inexpugnables helicópteros Black Hawk como los nuestros, que en un momento de indecisión se convierten en blancos fáciles para cualquier miliciano armado (Black Hawk, halcón negro… un helicóptero con nombre de ave de mal agüero). Describe cómo la presunta superioridad táctica y de equipo de los soldados de Estados Unidos y su natural menosprecio por la capacidad de reacción de los ejércitos irregulares tercermundistas puede terminar con la precipitada salida de Rangers y Deltas del teatro de operaciones.

Es muy fácil hablar de guerra en reuniones sociales. Por ese solo hecho vale la pena ver la película y después analizar qué tan factible resulta que el Pentágono, en un par de operaciones conjuntas de sus fuerzas de élite, transformen a Colombia en el país con el que tanto sueña despierto Enrique Peñalosa.

Ahora la televisión presenta una campaña en la que un narcotraficante convence a una mujer para que le lleve un cargamento de droga al exterior y le dice que fresca, que camine derechita, que los perros solo huelen las maletas. El mensaje de la campaña es muy claro: “Si es tan fácil, ¿por qué no lo hacen ellos?” Lo mismo podría decírseles a quienes festejan la guerra al calor de unos whiscachos. Si es tan fácil, ¿por qué no van ellos mismos a darles en la jeta a los de las Farc?

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