Ante todo, una aclaración: la idea de escribir esta columna nació el mismo día del Gran Premio de Canadá, cuando a Juan Pablo Montoya se le vino todo el mundo encima por ‘boliado’, buscapleitos, atravesado, mal piloto… incluso en una encuesta callejera realizada por un noticiero a la salida de un Carulla de Bogotá la opinión predominante era que “Montoya es bueno pero lo infla mucho la prensa”.

Dos semanas después el agite parece haberse calmado de nuevo. Su segundo lugar en el Gran Premio de Europa y una muy buena carrera en Magny–Cours le callaron la boca a quienes no soportan que de tarde en tarde aparezcan pilotos que le pongan algo de pimienta a la cada vez más electrónica, tecnificada y predecible Formula Uno.

De todas maneras, y con el riesgo de pasar por oportunista, no sobra elogiar a Montoya, de quien seguramente Su Majestad Michael Schumacher volverá a hablar pestes con su detestable diplomacia y su detestable inglés de burócrata internacional y su detestable sonrisita torcida, cada vez que Montoya lo sobrepase o no le haga calle de honor para facilitarle las cosas.

Es importante aclarar que este no es un homenaje a Montoya por “ser nuestro embajador ante el mundo” o por “dejar muy en alto el nombre de Colombia” o por “demostrar que los colombianos sí somos capaces” o por “mejorar la imagen del país”. Montoya es ídolo por una razón más sencilla pero mucho más importante: el deporte, para no morir de aburrimiento, necesita con urgencia que aparezcan más y más personajes como él. En estos tiempos de marasmo mercantilista y de héroes del deporte al servicio de Nike, Adidas, Reebok y las causas de los políticos de turno uno agradece que aparezcan personajes que, de entrada, le digan al mundo que son apasionados de lo que hacen. Que están ahí para jugársela entera en el filo de la navaja. Que están dispuestos a equivocarse y pagar el triple por sus errores, que están dispuestos a echar mano de todo lo que tengan a su alcance para que el público, que es el que sostiene el andamiaje del deporte–espectáculo, reciba algo a cambio.

¿Qué habría sido del aséptico fútbol de los 90 sin jugadores como Diego Maradona o Hristo Stoichkov? ¿Y qué tal lo que alcanzó a hacer por el básquet Denis Rodman antes de que transformara su rebeldía en payasada light? ¿Existiría todavía lo poco que sobrevive del boxeo profesional si no hubiera pasado por allí Mike Tyson? Amados, detestados, siempre en alguno de los dos extremos, nunca en el medio, donde se arremolina la masa, donde cohabitan los conformes, los anónimos, los que cumplen con su deber y se desviven por quedar bien con todo el mundo.

Pero lo bueno de Montoya es que, a diferencia de casi todos los anteriores, él no necesita del discurso para decirle al mundo entero que es diferente. Jamás lo veremos disfrazado de novia como a Rodman, jamás lo veremos en una cárcel acusado de violación como a Tyson. No. Lo de Montoya sucede exclusivamente en las pistas. En apenas seis meses ha logrado que su nombre aparezca muchas, muchas veces en las pantallas de los televisores de todo el mundo. Es cierto, ha figurado en el apartado de los que abandonan la competencia antes de tiempo. Pero también hemos visto muchas veces su nombre cuando se anuncia al que acaba de dar la vuelta más rápida o desarrollar la máxima velocidad en la pista, al puntero en este y el otro Gran Premio y —ahí sí sale a flote el orgullo nacionalista— ya hemos visto un par de veces la bandera de Colombia ondear en el podio mientras suenan los himnos de Alemania, Italia o Gran Bretaña.

Y ya que entramos a la parte de la emoción y el orgullo patrios, el mejor honor que le hace Montoya a Colombia es convertirse, a pasos agigantados, no sólo en un símbolo de un país o en la esperanza de un continente, sino en algo mucho más importante y valioso: un ciudadano del mundo.

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