São Paulo es una ciudad demasiado grande y el clima imperante poco o nada ayuda para llevarse una imagen amable de todo aquel despelote. El cielo, siempre nublado, la ciudad gris, una sucesión aleatoria pero en términos generales muy homogénea sucesión de World Trade Centers, tugurios, barrios estilo Mariquita o La Dorada, ahora seis bloques de apartamentos tipo Torres de San José. Además, puentes sin orejas, una especie de Bogotá a la décima potencia en tiempos de Hernando Durán Dussán. Para completar el cuadro, imagínense que el río Bogotá pasara por la calle 100. Todos los hoteles de cinco estrellas tienen vista privilegiada a un río renegro, de aguas muy quietas, que atraviesa la ciudad. Un tráfico de miedo que explica el constante ir y venir de helicópteros. Los magnates (y vaya magnates, en São Paulo sí se mueve billete de verdad y el jet set sí es de verdad, no como el de acá) van de la casa a la oficina o de una cita de negocios a otra en helicóptero.
Supongo que São Paulo luce poco amable a primera vista porque alguien en Brasil tiene que trabajar, madrugar y portarse a la europea para financiarles la juerga a los cariocas, a los de Bahía...
Ahora sí, a lo que vinimos. El autódromo de Interlagos. Viernes de prácticas, 11:00 de la mañana. Lo primero que uno busca es el tan cacareado glamour de la Fórmula 1. En realidad un autódromo es como un estadio de fútbol, con vendedores ambulantes a la entrada, stands de comida... Además, al lado de la tribuna de Johnnie Walker, los de Toyota decidieron montar un show mitad maratón de reggaetón mitad bosque chispazos. Un animador aún más insoportable que Jota Mario aúlla en portugués: "¿Dónde está la gente linda de Argentina? ¿Dónde está la gente linda de Costa Rica? ¿Y de Panamá?". Así se pasan dos, tal vez tres horas por cuenta de la versión Toyota del glamour de la Fórmula 1. Hasta que comienza la práctica.
Cuando sueltan el primer carro la sensación es indescriptible. Esos carros hacen mucho ruido y ruedan muy rápido. En televisión no se siente para nada ese vértigo. Y cuando la pista se llena de carros se descubre que el cliché aquel del "rugido de los motores" no funciona. Aquello no tiene nada que ver con leones ni panteras. Es un sonido agudo, penetrante, persistente. Y si a esto se agrega el efecto Doppler, pues el resultado es más bien una pelea de elefantes en el corazón de las sabanas de África.
Otra sensación muy extraña: uno comienza a admirar a absolutamente todos los pilotos. Hasta los detestados hermanitos Schumacher en la versión dos dimensiones pantalla de TV, en vivo y en tres dimensiones y sonido real se convierten en un par de gladiadores dignos de la mejor de las suertes. Quién lo creyera, emocionarse al ver pasar el Ferrari rojo de Michael Schumacher... pero así fue.
El fervor patrio comenzó a alborotarse el sábado. Juan Pablo Montoya lideró la clasificación y solo al final perdió el primer lugar con Fernando Alonso. Pero el optimismo seguía intacto. Ver ganar a Montoya en mi primer y de pronto único Gran Premio de mi vida...
El día de la carrera amenazaba lluvia. Al final nunca llovió y Montoya una vez más mostró su clase. Pasó a Alonso ahí no más al comenzar la carrera, un impecable 1-2 de McLaren, mis adorados McLaren de siempre, mejor imposible. Eso sí, nunca antes había echado tanto de menos una bandera de Colombia y un grupo de colombianos a mi lado. En aquella tribuna plagada de venezolanos, mexicanos, brasileños, argentinos y chilenos los únicos dos colombianos éramos Mauricio Gutiérrez y yo. Para cantar el himno me tocó concentrarme de veras para recibir los lejanos acordes que llegaban desde el podio, a casi un kilómetro de distancia. Fue triste cantar solo. Hacía falta por lo menos un puñado de colombianos para compartir aquello.
Ver salir a los brasileños como diez vueltas antes del final, verle la jeta torcida a la torcida y no tener con quién compartir semejante felicidad...
Al salir del autódromo y durante un rato largo resonó en mi cabeza Yo no quiero volverme tan loco, una canción de Charly García de comienzos de los años 80. La que dice: "La alegría no es solo brasilera".



Esta columna fue posible gracias a una invitación de Johnnie Walker a São Paulo para ver el Gran Premio de Brasil de Fórmula 1.

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