El 10 de noviembre se le rindió un homenaje a Diego Armando Maradona, en un partido de fútbol que coincide con los 25 años de su debut en la primera división (20 de octubre de 1976), once días antes de cumplir 16 años de edad.
¿Mejor que Pelé? La discusión no tiene mucho sentido. Pelé y Maradona jugaron en épocas diferentes y los parámetros para juzgar sus desempeños son incompatibles. Pero, visto en su totalidad, no queda duda: Maradona es el personaje más grandioso que ha dado el fútbol. Si se hubiera retirado en 1989 habría asegurado su lugar como uno de los tres más grandes futbolistas de todos los tiempos. Sus principales logros deportivos los obtuvo entre 1979 (campeón mundial juvenil con Argentina) y aquel año. Pero aquel Maradona de finales de los 80, ostentoso, prepotente y amigo de la camorra napolitana, dejaba mucho qué desear.

Como Pelé, Platini, Charlton y tantos otros, hubiera podido gozar de un retiro tranquilo a los 31 ó 32 años. Jugosos contratos publicitarios, relaciones afectuosas con los dueños del poder: ir al jardín de la Casa Blanca a hacerle piruetas con un balón a Reagan, fotografiarse sonriente con Havelange y Blatter en las ceremonias oficiales de la FIFA. Pero Maradona no es una persona normal como Pelé, no es Platini, no es Bobby Charlton. Y fue en el mundial de Italia 90 donde comenzó a emerger el Maradona personaje excepcional digno de una obra de Shakespeare. Como representante del fútbol del sur (Maradona era el responsable de que el odiado Napoli hubiera sido campeón un par de veces humillando a la Juventus, el AC Milan y el Inter) fue chiflado e insultado por los racistas de Milán y Turín, de Florencia y Roma, que se nutren del pensamiento de la Liga Norte y Berlusconi, al que en estos días les ha aparecido una ideóloga de lujo: la señora Oriana Fallaci.

Diego no se arrugó. Las cámaras lo mostraron repitiendo “hijueputas, hijueputas” mientras la turbamulta vestida por Armani y Gucci abucheaba el himno argentino. Con un tobillo destrozado logró que una de las selecciones más mediocres de la historia del fútbol argentino eliminara a Brasil (el favorito de la FIFA) y a Italia, el equipo de un país que se gastó un potosí para organizar aquel mundial con el único fin de ganarlo. Maradona, él solito, les arruinó la fiesta.

En los 90 aprendió a agrandarse en la desgracia. Acusaciones de dóping, el asqueroso show de televisión que montó la policía argentina cuando lo detuvieron drogado en un apartamento de Buenos Aires, su lucha descarnada contra la adicción a la cocaína, sus ganas de volver a las canchas a pesar de su enfermedad y su propensión a la gordura.

Semejante seguidilla de calamidades habrían hundido a cualquiera. Pero no a Maradona, quien se convirtió en un adalid de los desprotegidos. Es frentero, claro, sin medias tintas. Reconoce en público sus debilidades. Critica los abusos de la FIFA contra los jugadores, abandera la causa de los futbolistas desprotegidos (él, al que le sobran los millones), cuestiona las enormes riquezas del Vaticano en un mundo azotado por el hambre y la miseria.

Ese Maradona dejó en Colombia dos huellas imborrables de su grandeza. Como jugador, cuando algún aficionado le lanzó en El Campín una naranja y él, en vez de esquivarla, la paró con el empeine y comenzó a hacer jueguito con ella sin dejarla caer al piso. Como ser humano, cuando desde La Habana voló a Bogotá para asistir a la final de la Copa América y, a nombre de los futbolistas argentinos, solidarizarse con el pueblo colombiano, burlado y humillado por los dirigentes del fútbol suramericano.

Ese Maradona complejo, contradictorio, lleno de grandezas y miserias, ese Maradona que le pone la piel de gallina a los hinchas de Boca cuando se asoma en su palco del estadio La Bombonera, ese Maradona hecho a base de puños en alto y lágrimas de dolor merece mil homenajes del tamaño de una catedral. Porque Maradona, además de sus logros deportivos, nos recuerda a cada rato que aún es posible mantener la frente en alto y la dignidad. Y que vale la pena intentarlo.

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