Hernán, Alberto y Jaime, tres hermanos que ya no están pero siguen presentes en el panteón de los héroes de algún lugar difuso de la memoria, donde lo más importante en la vida es armar pesebres enormes y echar globos y voladores, los tres desde siempre en el seguro refugio de la infancia en familia, los rostros borrosos de los primos cuando eran niños, sabores y olores a ajiaco y natilla y gin tonic que aún hoy en 2004 mantienen intactos sus copyright 1967, 1969, 1972, novenas de aguinaldo en apartamentos enormes y viejos por los lados de la calle 18 con carrera 8ª, un perro dorado que se llama Picasso y el orgullo siempre presente de ser el sobrino de Hernán, el que trabaja en la televisora cuando solo hay Canal 7 y Teletigre y Gloria Valencia de Castaño repite una y otra vez lástima que la televisión no sea en colores, Hernán se fue hace como cinco años y Jaime y Alberto en febrero y junio pero la muerte de Alberto coincide con los 50 años de la televisión y en algunas de las pocas imágenes de archivo aparecen unos pocos segundos de Hernán de espaldas, otros más detrás de un monitor, de perfil al lado de una cámara, luego como un minuto largo de Hernán a caballo en el video antiquísimo de una canción que decía Pecos Bill, el vaquero más auténtico que existió, los tres tíos ausentes vuelven a estar presentes casi al tiempo en medio de tanta tristeza, Hernán y su voz profunda y su talento de pianista y su pinta como de George Harrison en Abbey Road y All things must pass, Alberto consagrado a la medicina de familia y a atender pobres a cambio de nada, Jaime experto en corridos mexicanos y bandas de guerra y que escribió el libro de la historia del Teatro Colón y dejó casi listo otro sobre historia de la música militar, los tres que inspiran a su manera cierto miedo reverencial, tres vidas tan ajenas al afán de fama y de codicia, es que los Villa son tan pendejos, nunca les ha importado la plata, oía uno decir por ahí, tres baluartes del edificio de la memoria y esos recuerdos que renacen se mezclan con los viejos documentos de la televisión, fantasmas lejanos como el Jeep Comando Viasa de Jaime y el Alvis de Hernán (Alvis era una marca de carros como de los años 30) y el Land Rover modelo 67 y el fonendoscopio de Alberto, revoltijo de fantasmas de tiempos ya idos que toman forma a través de las remembranzas de actores que nos parecían regulares y hasta pésimos hace 30 años, hace 20, y que hoy los vemos como unos íconos indispensables que le dan cierto sentido a nuestra vida, en algún momento del especial de RCN aparece Alicia del Carpio 40 años más vieja pero idéntica a la Alicita de Yo y tú y de solo verla dan ganas de abrazarla como si ella también fuera otra tía y en ese recital de remembranzas y elogios mutuos entre tanto veteranazo, en el set instalan un sofá y reparten pelucas y Pepe Sánchez vuelve a ser José María de Oquendo y Rebolledo y Consuelo Luzardo Cuqui y el gordo Benjumea Casimiro Aba Capirochipi graduado de la Sorbona de París y la Madonna de Roma y Carlos Muñoz Carlitos y todos ellos con sus pelucas también son como tíos y Los Tupamaros cantan buenas noches tenga usted y prepárese a gozar que Yo y tú va a comenzar su programa familiar, para los que llegaron tarde hablamos más o menos del año 33 antes de Jaider cuando Pacheco toreaba y se botaba en paracaídas, y uno descubre que toda esta mezcolanza de recuerdos, melancolía y malestar tiene que ver con una sensación de que faltó algo, de historias truncas, ¿qué queda de aquella infancia perdida que giraba en torno a los ritos paganos de la Navidad?, ¿qué queda en la televisión de nuestros días, arrodillada a los caprichos mercantiles de Telemundo, que haya recogido la antorcha de Yo y tú, del Pepe Sánchez de Don Chinche y Romeo y buseta?, tanto apego a la nostalgia, como si en esos melancólicos recuerdos de infancia y esas melancólicas imágenes en blanco y negro encontráramos refugio, consuelo, además respuestas a qué si lo más probable es que dentro de 50 años, durante la celebración del centenario de la televisión colombiana, todo el público se ponga de pie y aplauda con fervor la sorpresiva llegada al estudio de una mujer de casi 80 años de edad y nuestros nietos comenten con la misma nostalgia y la misma melancolía autoindulgente de siempre que cómo era de buena la televisión de comienzos de siglo, cuando esos maravillosos noticieros de aquel entonces los cerraban mujeres estupendas como Andrea Serna.

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