En este planeta sobrepoblado y saturado ad nauseam de imágenes de mujeres perfectas "vestidas, semivestidas, semiempelotas, empelotas", de mujeres que miran desde lo alto como si fueran diosas (de hecho en Argentina les dicen así, diosas) no hay nada mejor que cruzarse en la vida con una mujer natural.

Antes que nada vale la pena preguntarse qué tan perfectas son esas mujeres que miden 1,85 ó 1,90 ó dos metros y pesan 45 kilos. Si la perfección son las esculturas de Alberto Giacometti o las pinturas de El Greco (que entre otras cosas pintaba esas varas flacas porque tenía un defecto en sus ojos y no porque así fueran en realidad los abnegados y piadosos inquisidores contrarreformistas de su tiempo), pues también podría decirse que existe el ideal de perfección griego, y eso por no excederse y llegar al ideal de la perfección flamenca de las contemporáneas de Rubens. No es cuestión de arte, dirán, es cuestión de estilo, de salud. Entonces, vale la pena preguntar: ¿Son perfectas por exóticas? ¿Por inalcanzables? ¿Por irreales? ¿Son perfectas por ser aliens, por ser ?si se quiere? algo así como unas curiosidades genéticas?

Pero bueno, la moda y la publicidad venden esa idea de perfección que desfila una y otra vez en las pasarelas de París y Milán, así que aceptémoslo como hipótesis de trabajo: esos ganchos de colgar ropa vivientes son las mujeres perfectas. No tienen casi curvas, suelen ser planas como tablas de windsurf, pero son perfectas. Además miran feo a todo el mundo. Entre más cara de pedo ponen sobre la pasarela más dólares les pagan por desfile. Pero son perfectas. Y, por ese motivo, se supone que toca soñar con ellas. Desearlas. Son el ideal de perfección femenina.

Por fortuna existen las mujeres naturales, las que sonríen, las que crían hijos, las que construyen familias. Las que miden lo que mide una mujer normal y pesan lo que pesa una mujer normal. Flacas algunas, rellenas otras, pero todas ellas naturales. Su belleza no es una suma desquiciada de perfecciones (nariz perfecta más boca perfecta más senos perfectos más piernas perfectas) sino una mucho mejor y que dura para siempre. Su belleza consiste en que son reales. Son de verdad.

Algunas pocas mujeres tienen la suerte infinita de metabolizar sus grasas y de no acumularlas en su cuerpo. Muy de buenas ellas. Uno las ve por docenas si se pega el viaje hasta La Punta, un poblado de pescadores cercano a Dibulla, en la Guajira. O a Estocolmo. Pero buena parte de las mujeres normales, aún las más flacas, con el paso de los años acumulan algo de grasa en sus cuerpos. Claro, la dictadura de los modistas gays que imponen el ideal de belleza sin curvas ?es de entenderse, los pobres por más que se disfracen de mujeres jamás tendrán curvas? las ponen a sufrir cuando descubren que tienen un poco de grasa en la cintura o en las piernas y comienzan a sentirse hediondas, inmundas? De acuerdo con esa hipótesis, Marilyn Monroe ha debido suicidarse mucho antes y no por meterse con los Kennedy sino por gorda.

Las mujeres naturales tienen algo muy importante, muy valioso, muy lindo: en sus cuerpos está escrito que están vivas. Que han vivido. Que han tenido hijos, han comido rico, en fin, que han hecho cosas distintas a esclavizarse en un gimnasio o someterse a dietas imposibles o a tratamientos milagrosos que tarde o temprano pagan muy caro. A propósito, ¿de qué diablos habla uno con una mujer que se la pasa metida todo el día en un gimnasio? ¿Del nuevo sabor de Gatorade? ¿De las nuevas bicicletas estáticas con marco de titanio?

Milán y París están en su derecho de vender ese ideal de belleza frío, inalcanzable, irreal, muerto en vida ?basta ver los documentales sobre modelos en People and Arts para darse cuenta del infierno que deben padecer antes de convertirse en top-models?, y las mujeres que se creen ese cuento también están en su derecho de someterse día y noche al martirio del tecnomerengue de los aeróbicos.

Lo único cierto es que cruzarse en esta vida con una mujer natural es algo que no tiene precio.

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