Cada Mundial de Fútbol tiene su propio olor. Pero ninguno tiene un olor tan penetrante como el de Argentina 78. Huele a pintura de vinilo fresca. En aquellas vacaciones pintaron la casa. En mi cuarto arrumaron un par de sillones, el televisor, el equipo de sonido, las lámparas de mesa de la sala, los ceniceros. Aquello parecía la tienda de campaña de Oliveira da Figueira, el personaje de Tintín que recorría los desiertos de África y el Oriente Medio en busca de clientes para toda suerte de cachivaches. Allí me la pasaba metido, leyendo una y otra vez las revistas El Gráfico que llegaban a las droguerías de Bogotá como con un mes de retraso. Ese Mundial, que se jugó en junio, a mí se me alargó hasta mediados de agosto, cuando por fin llegó la edición que hablaba de la final.
Cada vez que entro a un sitio donde acaban de pintar una pared o una mesa recuerdo de inmediato alguno de los seis goles de Mario Alberto Kempes. Sobre todo el segundo que le hizo a Holanda. Un gol que he visto como mil veces en los últimos 25 años y que me sigue pareciendo asombroso. Ese balón que rebota como cuatro veces en las piernas de Kempes y del arquero Jongbloed hasta que decide elevarse, Kempes que la corre y la empuja suave al medio del arco con los taches del guayo a pesar del esfuerzo de dos defensores que llegan a cerrar.
Luego, pocos segundos más tarde, el olor a pintura me trae el gol de Arie Haan a Italia, el de Nelinho a Italia, el del escocés Archie Gemmill a Holanda. Un mundial de golazos.
La víspera de la final, mi primo Jorge Villa me grabó el LP Instituciones, de Sui Generis, así que ese álbum melancólico e inquietante, plagado de claves secretas acerca del gobierno de María Estela Martínez de Perón que vinieron a explicarme muchos años después, se volvió la banda sonora ideal de un Mundial frío y húmedo y que se jugaba en un país que no pudo del todo vestir de fiesta celeste y blanca el horror de las torturas y las desapariciones.
Ese olor, tan parecido al del éter que se utilizaba en los laboratorios de genética y bioquímica en la Universidad de los Andes (y que también me recuerda mucho a Argentina 78), también es el olor de una atmósfera gélida y deprimente que la fiesta de los papelitos que volaban por millones cuando Argentina saltaba a la cancha era incapaz de ocultar. El general Videla, el dictador, siempre vestido de civil, con un abrigo enorme, sin cachucha, en el palco oficial. Los textos obsecuentes y arrodillados de la revista El Gráfico, esos colores opacos y un tanto desencajados de la impresión de la revista, como los de la transmisión por televisión.
Ese es un recuerdo posterior, el de las repeticiones de los goles años después, cuando ya era común en Colombia ver televisión en color. Recuerdos que se mezclan, se apelmazan, se compactan y salen a flote cada vez que alguien destapa un tarro de vinilo. O también si ponen Instituciones. Sobre todo el final de la canción del señor Tijeras: "Te veré en 20 años en televisión/ cortada y aburrida/ y a todo color".
Alemania 74 trae ese olor característico a guardado limpio del cuarto de mis abuelos. Cada vez que Alemania metía gol comenzaba a saltar como un poseso sobre la cama de mis abuelos y rebotaba, feliz en el colchón mientras Overath se abrazaba a Muller y Beckenbauer y repetían la jugada en cámara lenta.
El gol que más celebré fue tal vez el de Muller a Polonia. Era un partido duro, se jugó en el estadio de Frankfurt que estaba inundado, cualquiera podía ganar y, además Tomaszewszki le había tapado un penal creo que a Hoeness. Müller la metió y aseguró así a Alemania en la final.
Al comienzo decía que cada Mundial tiene su propio olor. Es mentira. Los otros mundiales carecen de olores determinados. De España 82 hasta acá los mundiales se han vuelto cada vez más inoloros, insaboros e incoloros. Cada vez más rutinarios, predecibles y aburridos. Mundiales sin la impertinencia de Maradona, de Gascoigne, de Stoichkov.
Pero bueno. Mientras exista Ronaldinho hay esperanza.

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