Mucho se ha hablado acerca de la detestable y arribista ostentación de la riqueza, pero casi nunca se mencionan otro tipo de ostentaciones que resultan peor de odiosas.
Una de ellas es la ostentación de la humildad. ¿Se acuerdan de aquellos tiempos en los que los escarabajos colombianos eran mejores personas y ciclistas "porque se criaron con aguadepanela y no como esos arrogantes y engreídos europeos que desayunan con cereales"? Lo de la canción aquella tan nuestra: "No me den trago extranjero que es caro y no sabe a bueno".
Pero si hay algo que me saca de quicio como ninguna otra es la ostentación de la fe. Y no es una cuestión de ateísmo o anticlericalismo, entre otras porque no soy ni ateo ni anticlerical, más allá de ciertas cosas que no me gustan de la Iglesia Católica y de los poderes religiosos en general.
A mí me encanta entrar a las iglesias cuando no están en misa, dejarme atrapar por ese silencio contenido, los suaves murmullos de quienes rezan casi para sus adentros. Me domina ese impulso de subir bien alto que generan desde las imponentes estructuras de las catedrales góticas hasta los templos de madera pintados de blanco de San Andrés. Los himnos luteranos, los corales de Händel, de Bach, el cántico del imán de la mezquita que desde lo alto del minarete hace un llamado a la oración... todo eso me pone la piel de gallina.
A los cristianos -y a los católicos en particular- les envidio su capacidad para tener fe, para creer. ¿Acaso existe algo más sublime que los viajes que emprendían los peregrinos del medioevo a Santiago de Compostela o Tierra Santa? No hay nada más enriquecedor que intercambiar ideas acerca de la vida y la muerte con un creyente. Si algo tiene de fascinante la Biblia es su capacidad para ofrecer una gran diversidad de visiones del mundo y la eternidad que se complementan, se contradicen.
Pero no me soporto a los que gritan e imponen su fe como si se tratara de una feria callejera del brasier y el solo cuco. A los que en público se botan al piso de rodillas, los que se flagelan, los que se destrozan sus cuerpos a la vista de todos a nombre de una hipotética redención. Esos espectáculos de sangre y alaridos que ocurren en tiempo real me aterran, me hacen sentir parte de un carnaval y de una pesadilla al mismo tiempo.
Claro, no todos los que hacen ostentación de su fe gritan. Muchos de los que dicen hablar en nombre de la Verdad machacan su credo con voz queda, con mirada huidiza. Con el código en mano, porque son unos aviones en el momento de suplantar el Estado de derecho por sus dogmas de intolerancia.
Qué tal esos presidentes y dignatarios con cara de yo no fui que invocan a Dios. A su diosito, como suelen denominarlo. El diosito de la canción dedicada a un ser superior que de matemáticas nada sabía. Un diosito que les cae de perlas. Porque a muchos de los que lo invocan les encanta perpetuar la inequidad, la injusticia, el hambre y el terror a nombre de los Evangelios y de los Diez Mandamientos. Lo citan a toda hora para justificar sus actos de barbarie y arrogancia y ganarse el aprecio de incautos que votan o los apoyan como borregos, porque dicen hablar en el nombre del Señor.
También detesto las ínfulas de superioridad moral que se imponen quienes dicen actuar en el nombre de la Verdadera Fe para descalificar a quienes no piensan como ellos. Una fe que es la misma que impone otra secta igual de fanática y aterradora: la de los ateos, que oprimen a nombre de un tal 'materialismo científico' a quienes sí creen en alguna u otra confesión. Porque no existen pruebas irrefutables de la existencia de un Dios, como tampoco de su inexistencia.
Y, por encima de todo, me aterra este lento y sórdido regreso a un Estado de derecho subordinado a las leyes canónicas y, lo que es peor, a la doble moral que suele caracterizar a quienes tanto gritan, proclaman y vociferan en nombre de un Dios o de la ausencia de un Dios. Es el regreso a lo peor de la Edad Media que parece de nuevo apoderarse de Colombia y del mundo en general: el dogma de las verdades absolutas que intentan aplacar toda su furia sobre el director de una revista abierta como SoHo, mientras se hacen los locos con las verdaderas atrocidades que padece Colombia: la inequidad, la pobreza, la corrupción y la violencia.

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