Esto interesa a quienes no sufren demasiado por el tema de los museos y las ruinas: viajar a Buenos Aires es como ir al mismo tiempo a Madrid, París y Roma. Tres ciudades deliciosas para caminar, para detenerse en sus parques, para comer, para deleitarse con las fachadas. Porque, para qué nos decimos mentiras, lo chévere de las ciudades es lo que sucede en sus calles. Y las calles de Buenos Aires son lo máximo. En ellas se conservan muchos edificios de finales del XIX y comienzos del XX que se salvaron de las demoliciones bárbaras de los años 60. Qué tal esos parques plagados de aves que anidan en frondosos árboles. Qué tal esos atardeceres de otoño (estas impresiones son de la primera quincena de mayo de 2006), el canto de las cotorras, hojas verdes, amarillas, rojas, doradas...

Desde que usted decide viajar todo es mil veces mejor. Para comenzar, se ahorra la pesadilla de tener que mendigar una visa para que lo traten como a un animal en el consulado de Italia o de España (los de Francia son hasta queridos, para qué) y bajarse de todo el platal que cobran por el bendito trámite. Los funcionarios de inmigración en Ezeiza no lo tratan como a un delincuente por el hecho de portar pasaporte colombiano. Los taxistas son encantadores. En el largo recorrido que separa el aeropuerto del centro de la ciudad usted puede aprender con ellos de fútbol, de historia reciente de Argentina, en fin...

Y lo mejor de todo es la relación costo-beneficio. Lo que en Madrid o París o Roma vale 10 euros, en Buenos Aires vale 10 pesos argentinos. Casi cuatro veces menos. Y no toca mamarse la antipatía expresa de los meseros franceses ni la arrogancia mal disimulada de los italianos y los españoles. Todo lo contrario. Si existen personas queridas en el mundo, varias de ellas están en Buenos Aires, República Argentina.

El mejor indicador de esa prodigiosa relación costo-beneficio es la pizza. Y el mejor ejemplo es El Cuartico, tal vez la mejor pizzería del mundo. Allí dos personas pueden almorzar con una muy generosa pizza napolitana y una jarra de vino de la casa por, digamos, 12.000 pesos colombianos las dos personas.

No hay que rebuscarse demasiado. Uno se mete casi a cualquier sitio y come bien. En Buenos Aires el corrientazo suele ser una deliciosa receta de algún bisabuelo italiano o español que ya quisiera uno encontrar en los restaurantes especializados y de fusión de las zonas G y T por los que le sacan a uno un ojo de la cara. Un delicioso plato de raviolis con vino sale a 5.000 pesos.

Si uno va de compras, lo mismo. ¿Discos? El precio estándar es 24 pesos (unos 18.000 colombianos), pero se consiguen a 8.000, a 9.000... los DVD valen como 24.000 pesos colombianos. Los libros de editoriales como Anagrama, Planeta y Alfaguara se consiguen a 15.000, 20.000, a veces 30.000 pesos... Se puede ir a teatro y conseguir una buena silla por unos 10.000 pesos.

¿Moverse? Regalado. Lo ideal es caminar. Pero si uno se cansa o tiene afán, el tiquete de metro vale unos 600 pesos colombianos, el pasaje en bus urbano como 700. Viajar en tren a La Plata vale lo que cuesta un pasaje de TransMilenio en Bogotá. Pagué 350 dólares por quedarme 13 noches en un cómodo apartamento con cocina y baño para dos personas en pleno corazón de la ciudad. Dividan por dos y por trece, eso da 14 dólares la noche. Y todo por el estilo. Los precios son un tanto aproximados porque en este último mes y medio el dólar subió de 2.300 a 2.600. Aún así... nada que hacer.

A cambio, bueno... Las avenidas, las plazas, los bosques de Palermo, la Reserva Ecológica, San Telmo... Y si uno es hincha de Boca y preciso le toca celebración de campeonato en el Obelisco y ocho días después en La Bombonera ("Es para vos, River Plei/ Te lo dedica papá"), y si es tan de buenas que Les Luthiers se presenten en esos días en el Rex (30.000 pesos colombianos dos boletas) y si...

Yo no tengo ni idea cuánto tiempo dure esto. En cualquier momento la economía argentina da uno de sus inesperados coletazos y en un par de semanas Buenos Aires se vuelve más cara que Londres, Tokio y Helsinki.

Pero mientras dure esta dicha hay que aprovecharlo.



Nota final: Esta columna es el resultado de un viaje personal y no obedece a ninguna invitación. La idea es expresar mi gratitud con la ciudad extranjera donde me he sentido más a gusto, donde mejor me han tratado y donde lo han hecho a cuento de nada.

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