Gobernar en tiempos de los faraones no debía ser tan difícil. “Quiero pirámide”. “Pues se le hace la pirámide, don Kefren, faltaba más, y de ñapa le tallamos una esfinge”. Han pasado 3.000 ó 4.000 años desde entonces y en Bogotá sus dos alcaldes sueñan, como los faraones, con ciudades ideales en el mediano y largo plazo, pero se encuentran con problemas que jamás padecieron sus colegas del antiguo Egipto.
Por ejemplo, un paro de transporte que pone en jaque a una ciudad de seis millones de habitantes.
Paradojas. ¿Cómo ponerse del lado de los transportadores que, si bien es cierto tienen toda la razón de protestar por el derecho al trabajo, históricamente han trapeado con los bogotanos ofreciendo un servicio pésimo y casi que cogobernando en manguala con concejales y alcaldes del pasado? ¿Cómo ponerse del lado de Mockus quien, si bien es cierto plantea una solución sensata para la ciudad, lo hace de manera tan arrogante y simplista?
Planear ciudades desde los helicópteros y a través de maquetas y planos es una cosa. Aterrizar esos proyectos al andén, a la cuadra, al caso particular, ese es el enorme reto que deben aprender a manejar los dirigentes de ciudades como Bogotá, y más cuando estos vienen de la academia, donde los tableros y la tiza permiten imaginar modelos perfectos que en la práctica suelen no ser tan así.
Es cierto, Mockus y Peñalosa han cargado con el peso de décadas de desgreño administrativo y un lastre provocado por dirigentes que piensan sólo en el corto plazo, el contratico, el miti–miti, el chan con chan, en favorecer intereses privados a costa de lo público.
Es cierto, Mockus y Peñalosa, cada uno en su estilo, le han comenzado a cambiar la cara a Bogotá, una ciudad que, a diferencia de Medellín o Bucaramanga, no es de nadie, que no genera casi ningún sentido de pertenencia. Una ciudad que aún responde a una definición que se le atribuye a Nicolás Gómez Dávila: “Bogotá es el suburbio de una ciudad que no existe”.
Mockus y Peñalosa han tratado de romper el paradigma de la ciudad–suburbio. Con ellos comienzan a aparecer TransMilenio, parques, ciclorrutas, bibliotecas públicas, colegios de primer nivel para los estratos 1 y 2. Al igual que los faraones, hablan de ciudades que giran en torno al espacio público, hablan de lo lindo que será todo en 2007, en 2014, en 2050.
Pero, ¿cómo manejar el mientras tanto tan complejo sin agredir en el presente diversos derechos individuales? El tema del reciente paro del servicio público es prueba de ello. En teoría, desde el helicóptero, desde el tablero, los cálculos del alcalde Mockus son incontrovertibles. Pero cuando dos o tres núcleos familiares comparten un sólo taxi para sostener a tres familias diferentes, esa aritmética se desploma y el cuñado (o el primo o el hijo o los tres) se quedan sin trabajo, porque una cosa es compartir un taxi entre tres, siete días a la semana y otra sólo cinco días. ¿De qué les sirve la aritmética de Mockus a los que apenas comienzan a pagar las cuotas de su taxi? ¿O los que en la lotería del pico y placa les toca guardar el carro los viernes, que es el día más rentable? ¿De qué les sirve esa aritmética elemental a los conductores de colectivos que trabajan con cupos limitados y no tienen cómo recuperar lo de dos días?
Lástima que alcaldes con la visión de ciudad de Mockus y Peñalosa no hubieran aparecido hace 30 ó 40 años, cuando Bogotá tenía menos de un millón de habitantes y hubiera sido facilísimo construir las nuevas vías de aquel entonces con TransMilenio y ciclorruta. Desafortunadamente en aquel entonces (salvo honrosas excepciones, como la de Jorge Gaitán Cortés) la alcaldía de Bogotá era un prerrequisito para ser presidente, una fábrica de presidentes. Y de presidentes como el que tenemos ahora.

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