Qué mamera de Mundial. Por primera vez desde 1942 y 1946, cuando los estragos de la Segunda Guerra Mundial impidieron que se realizaran aquellas dos Copas del Mundo, el máximo evento del fútbol no vivía una época tan patética.
Y todo por la plata.

Primero, la sede. Corea y Japón. Dos países que se odian a muerte. Una pregunta que tiene mucho que ver con lo anterior: ¿por qué le dieron la sede a Corea y Japón y no se la dieron a Holanda y Bélgica cuando la pidieron? Joao Havelange, en ese entonces máximo capo del Cartel de Zürich (léase la FIFA), dijo que era imposible que dos naciones celebraran el Mundial. “¿Cuál rey entregaría la Copa? ¿En cuál capital se jugaría la final?”, se preguntaba con voz de virtuoso guardián del deber “el máximo jerarca de la entidad rectora del balompíé orbital”.

Por ese motivo se les negó a dos naciones fundadoras de la FIFA realizar su Mundial. Dos naciones con una historia formidable, con equipos campeones de torneos europeos e intercontinentales: Ajax, Anderlecht, Feyenoord, PSV Eindhoven, Malinas… Pero cuando llegó la propuesta de Japón y Corea, tolis papá, p’antier es tarde, caifás con el villegas, en efectivo y ojalá envuelto en papel regalo… nadie se acordó de los argumentos que se utilizaron para descalificar a Holanda y Bélgica y en esas estamos ahora: un Mundial en Corea y Japón. Y todo por la plata.

Qué mamera de Mundial. A 14 ó 15 horas de diferencia horaria de Suramérica, donde nacen y se hacen desde comienzos del siglo XX los mejores futbolistas del planeta. En un Mundial normal uno prende el televisor a las ocho de la mañana o a las tres de la tarde o a las siete de la noche y ve sin problermas Arabia Saudita-Camerún. ¿Pero quién diablos le pone despertador, todos los días durante casi un mes, a estos partidos que es necesario ver para capturar toda la esencia del torneo?

Japón, Corea, ese público siempre sonriente, esos hinchas que van al estadio con banderitas de ambos países y que festejan los saques de banda como si fueran goles, ese sonido de fondo como de pito de flota que siempre acompaña las transmisiones de las finales de la Copa
Toyota Intercontinental… qué pesadilla.

Ir al mundial, ni pensarlo. El solo taxi del aeropuerto al centro de Tokyo vale como 250 dólares. Sale mucho más barato un paseo millonario en Bogotá.
Patético. Es que ni siquiera aguanta esta vez el álbum de monas de Panini. ¿Qué tal la chambonada esa de poner unas caras difuminadas en vez de la foto de los equipos de España, Irlanda e Inglaterra?
Un Mundial sin Holanda, sin la República Checa… un Mundial sin Óscar Córdoba, sin Iván Ramiro Córdoba, sin Mario Alberto Yepes, sin Juan Pablo Ángel y, a cambio, con Ulises de la Cruz, Cleber Chalá, Wellington Sánchez, Edwin Tenorio… Como el de Estados Unidos pero mil veces peor. Hecho a la medida de Brasil, para que lo gane jugando pésimo, como lo hizo en 1994. Ya el inefable rey Pelé, al dar su tradicional y temida lista de equipos favoritos para ganar el torneo, saló a Argentina, Francia, Italia e Inglaterra. Así que, por descarte, tocará hacerle fuerza a Alemania, a Turquía. Y en diferido… y para nada. Porque, no les extrañe, la final será algo así como Brasil-España y gana Brasil con un gol de penalti inventado por el árbitro después de 119 soporíferos minutos.

Un único consuelo: la noticia del torneo no será el escándalo que, de haber clasificado Colombia, habría provocado Faustino Asprilla borracho a la salida de una casa de geishas.

Por suerte en la vida hay revancha y el Mundial de 2006 será en Alemania, una de las seis grandes patrias históricas del fútbol. Ya se oye resonar en la distancia la voz del gran Andrés Salcedo dándonos la bienvenida al Rheinstadion de Düsseldorf, al Neckarstadion de Stuttgart, al Waldstadion de Frankfurt, al Westfalensation de Dortmund…

Mejor dicho, que nos despierten pero en el Mundial de 2006.

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