Si no fuera por el calor y la humedad que se pegan al cuerpo uno pensaría que la entrada a Bahía de Málaga es un fiordo en Noruega. Una densa cortina de lluvia lo vuelve todo gris, envuelve los contornos de gris pizarra, de blanco. Hasta los árboles que coronan la cresta de los acantilados parecen tomados de una foto de invierno. ¿Cómo describir todo aquello? Si uno tomara una foto saldrían unos cuantos borrones sin forma definida.
Mientras la lancha avanza por las aguas cada vez más tranquilas de la Bahía de Málaga, cede la lluvia y la niebla se disipa poco a poco. Aparecen nuevos colores: el verde, el azul cada vez menos oscuro de las aguas.
Apenas a 25 kilómetros del caos de Buenaventura el mundo parece recién inventado. Si se omiten el par de galpones de la base naval que se divisan a lo lejos, lo único que se ve es selva, aves marinas que patrullan las aguas en busca de algún pez.
Las palabras sobran cuando comienza a sonar la marimba de Lorenzo Díaz. Olvidaba decirlo: eso sucede unas tres horas después, en el vestíbulo de una casa de madera en el caserío de La Plata. El resto de integrantes del grupo Raíces del Manglar lo siguen con sus bombos, cununos y guasás. Lorenzo y su combo les cantan a las ballenas, a las tortugas, a las aves, les han escrito canciones a todas las especies migratorias que circulan por el litoral Pacífico de Colombia, a las que habitan estas selvas que han logrado salvarse, al menos hasta ahora, de las garras de un progreso que solo beneficia a quienes llegan de afuera.
Esa misma noche la cita es en Ladrilleros, donde el grupo de niños que dirige Flover Lemus interpreta canciones que hablan de fauna migratoria, de rincones de la bahía, ese laberinto de canales y esteros donde es posible ver caer cascadas de 50 metros a pozos circulares que parecen sacados de una villa del Imperio Romano. Así aprenden, desde bien niños, a sentir orgullo por su territorio, por la riqueza natural de sus selvas, ríos y mares, aprenden a no dejarse descrestar tan fácil por los espejitos de oro de la vida en la gran ciudad. Flover y Lorenzo no solo tocan y componen. También construyen y enseñan a construir instrumentos.
Un par de semanas después y unos mil kilómetros al noroeste de allí, Caroline Nelson recorre las calles de La Loma, el corazón de la isla de San Andrés. Con aire de maestra despreocupada. Flaca, de gafas, con una pañoleta sobre su cabeza, señala flores, hierbas aromáticas: "Este árbol es originario de Jamaica". Domina ese pequeño universo longitudinal de pequeños jardines y cuyo principal tesoro es la laguna Big Pond, una de las pocas fuentes de agua dulce de la isla.
A cada momento Caroline intercambia un par de palabras en creole con los vecinos que pasan por ahí. Ellos se niegan a olvidar el idioma de la isla, que conserva algo de inglés, algo de africano y mucho de antillano.
La vegetación y las casas hacen pensar que el mar está muy, muy lejos. Entonces Caroline nos lleva al tercer piso de un hotel, donde funciona un bar adornado con banderas de Jamaica, afiches de Bob Marley. Desde la ventana la vista es espléndida: ese mar de seis colores, las olas que se rompen en los lejanos arrecifes, las palmas de coco y los árboles que crecen en Haine Cay.
Uno de los tesoros de este San Andrés alejado de las playas y los hoteles son las iglesias bautistas. La de San Luis, la de Sound Bay, las de La Loma. La más famosa, la First Baptist Church, fundada en 1844 y que trajeron pieza por pieza desde Mobile, Alabama.
En otra de las iglesias bautistas de La Loma un grupo ensaya himnos religiosos para cantarlos en los oficios. Una música que evoca la lejanísima comunión de los puritanos ingleses del siglo XVII con los descendientes de los esclavos que les permitieron asentarse en Estados Unidos, en el Caribe.
Bahía de Málaga, San Andrés. Dos entornos difíciles, plagados de problemas y sometidos a toda clase de presiones. Dos ejemplos de resistencia cultural en un planeta donde cada día se hace más difícil ser distinto a la norma.

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