A veces la vida, o mejor, encontrarle un sentido a la vida se entiende como algo grandioso: la lucha de clases, enunciar la teoría de la relatividad general.

Defender esas grandes causas que por lo general van en contravía de los poderosos, del llamado sentido común, de las ideas que predominan en una época y en sociedades determinadas no es fácil. Y menos en un mundo que ha puesto una tecnología de punta que cambia de manera vertiginosa al servicio de mentes oscurantistas que imponen sus verdades absolutas no a capa y espada, como en los tiempos de las cruzadas, sino con misiles guiados por GPS y sistemas de interceptación de teléfonos y correos electrónicos.

¿Cómo resistir? ¿Cómo aguantar?

Una posible manera de hacerlo se muestra en la película argentina Kamchatka, que narra la historia de una familia (padre, madre, dos hijos pequeños) en marzo-abril de 1976, durante los primeros días de la dictadura de Videla y que, tras esconderse en una casa campestre prestada, se ve obligada a separarse. Los padres se van para no volver, los hijos se quedan con los abuelos.

Padre e hijo le dedican varias de las tediosas y tensas noches de espera al Risk, ese juego que consiste en conquistar el mundo a punta de dados. En un momento Harry, el hijo, tiene a su padre acorralado en la remota península de Kamchatka, en el extremo más oriental de Siberia. "Era Kamtchaka contra el resto del mundo", dice la voz en off del niño, "y sin embargo no pude ganarle a mi padre".

Kamtchaka no es Piccadilly Circus, no es el Rockefeller Center. Es, literalmente, el fin del mundo. Un territorio desolado, remoto. Pero vale la pena tener en algún lugar de la mente, del corazón, de la memoria, en un baúl, donde sea, ese Kamchatka desde donde es posible resistir, ese lugar al que jamás pueden entrar los ejércitos imperiales.

Resistir no necesariamente significa estar en contra de todo lo establecido.

Resistir no necesariamente significa pensar siempre lo mismo, a los 20, a los 30, a los 40.

Resistir no necesariamente significa enarbolar verdades absolutas.

Más bien es intentar mantener la distancia, es aprender a transar lo que se puede transar pero negarse de plano a aceptar lo inaceptable. Cada quien define ese territorio, su territorio, desde el que decide resistir. Y resistir consiste entonces en hacer el esfuerzo supremo por no caer, por no dejarse arrastrar, por no aceptar la derrota.

Algunos han tenido la fortaleza, el poder de convocatoria y el liderazgo suficientes para resistir desde los grandes escenarios. Una plaza, una manifestación, un golpe de opinión.

Otros tienen la fortaleza de un Nelson Mandela para aguantar firmes 27 años en una celda. Otros han resistido desde la no violencia, desde la desobediencia civil. Otros han resistido a través del arte y el humanismo. "Narrar es resistir", manifestó alguna vez el escritor Joao Guimaraes Rosa.

El propio Galileo resistió a su manera cuando murmuró "y sin embargo se mueve" luego de haber renegado de sus hallazgos ante las autoridades eclesiásticas que lo querían quemar vivo por hereje.

John Lennon, en 1973, hablaba de "la guerrilla de la mente" en su canción Mind games.

Los más tímidos podemos refugiarnos en pequeños escenarios igual de válidos. Los ambientalistas repiten a menudo una frase clave: "Piense global, actúe local". Sirve, y mucho, resistir allí donde nos es posible hacerlo: en la cuadra, en un ámbito de pocas personas.

También se puede resistir en la memoria. Aferrarse y darles el valor que se merecen a esos pequeños detalles que, en últimas, resultan mucho más importantes que los logros, los éxitos, el reconocimiento.

En la película el padre y el hijo, en silencio, lanzan piedras al agua. Luego el padre le confiesa al hijo que se arrepiente de no haber ido a ese lugar más seguido. Guardar un recuerdo como ese por siempre también es una manera de resistir.

Resistir no es otra cosa que intentar ser fiel a uno mismo.

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