Tengo muy poca fibra patriotera. Pero hay momentos de momentos en los que se me sale con todo el orgullo patrio. Hace casi dos años, en el autódromo de Interlagos, cuando tuve la suerte de ver ganar a Juan Pablo Montoya el Gran Premio de Brasil. La más reciente emoción patriótica la sentí el pasado domingo 29 de julio, cuando vi por el canal francés TV5 la premiación final del Tour de Francia. Cuando subió "le colombien Soler", cuando lo vi levantar los brazos con la sonrisa enorme de los hijos del campo mientras recibía la camiseta blanca con pepas rojas que lo consagraba como campeón de los premios de montaña.

Con el ciclismo me pasa algo muy particular. Es el deporte que, de lejos, más me ata a Colombia. No solo porque lo considero el deporte bandera del país. También porque es el deporte que le ha dado a Colombia la mayor parte de sus posibles candidatos al título de deportista de todos los tiempos: Ramón Hoyos, Cochise Rodríguez, Luis Herrera, Santiago Botero. Los otros dos serían Kid Pambelé y Montoya.

Pero el ciclismo me ata a Colombia por una razón mucho más profunda: fui niño en los años sesenta, cuando la Vuelta a Colombia todavía paralizaba al país. Cuando en las entonces aún destartaladas carreteras de Cundinamarca, Antioquia, Tolima y Valle los representantes de los distintos departamentos peleaban por el honor de sus regiones. Decenas de miles de personas esperaban la llegada de los ciclistas a las ciudades, cientos más salían a las carreteras a ofrecerles un trago de agua, a animarlos... de hecho una de las fotos más hermosas que existen y que se reproduce en cuanta antología de la fotografía en Colombia se publica la tomó Carlos Caicedo cuando era reportero gráfico y muestra a un ciclista al que acompaña un jinete al galope con su sombrero en una mano.

El país entero estaba pegado a un transistor. Uno, además de enterarse de las hazañas del León del Tolima, del Ascensor de Cundinamarca, del Ñato, del Flaco, del Niño de Cucaita, y de oír cómo evocaban los locutores las de ciclistas de antes, como el Príncipe Estudiante, el Zipa... nombres que hacían alusión a municipios, leyendas precolombinas, rasgos, facultades físicas para encarar aquellas tortuosas rutas... Uno aprendía geografía gracias a las metas volantes, que le dibujaban a uno el mapa de los departamentos: Cartago, Tuluá, Buga, Palmira; La Virginia, Anserma, Supía, La Pintada; Albán, Sasaima, Villeta, Guaduas, Honda. Y los pasos de las cordilleras: La Línea, Letras, El Trigo, Ventanas, San Miguel, La Tribuna, Minas...

Todo aquello comenzó a perderse a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando la Vuelta estuvo a punto de desaparecer, y cuando la transformaron en un evento para preparar a los corredores colombianos que iban a competir en el Tour de Francia.

Ese sacrificio valía la pena mientras compitieron los equipos colombianos en el Tour, en el Giro de Italia, en la Vuelta a España.

Pero cuando terminó la epopeya de Herrera y Parra, el sueño de ganar un Tour se terminó, el país mediático le dio la espalda al ciclismo (¿recuerdan la razón? Íbamos a ser campeones mundiales de fútbol en Estados Unidos de la mano de Asprilla y Rincón), las hazañas de Chepe González, Nelson Rodríguez, Víctor Hugo Peña, Oliverio Rincón, Hernán Buenahora o Iván Parra en el Tour y en el Giro de Italia a duras penas ameritaban un breve en los diarios mientras le dedicaban tres páginas a las babosadas del Bolillo, del Chiqui, ahora de Pinto... Y eso que estos ciclistas no corrían como líderes de escuadra, sino como peones de brega. Y aun así ganaban etapas, premios de montaña...

Solo Santiago Botero logró despertar al país de este sopor durante un par de años pero, al perderse la esperanza de que ganara el Tour, el ciclismo otra vez dejó de ser noticia de primera plana.

Pero una cosa es que el deporte bandera haya muerto en la mayoría de los medios y otra muy distinta que haya desaparecido o entrado en decadencia. Los fines de semana, en las carreteras, uno lo ve tan vivo como siempre. Uno siente que este es un país de ciclistas cuando pasa por algún puerto de montaña y se encuentra un enjambre de ciclistas que, luego de un penoso ascenso, se sientan en el borde de la carretera a tomar jugo de naranja.

Por eso cuando un hombre como Soler levanta los brazos con el Arco del Triunfo como telón de fondo, de alguna manera siento que quien celebra es el territorio de Colombia, con todos sus ríos, valles, costas, selvas, montañas y glaciares.

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