Hace dos meses, en una columna escrita mitad en broma y la otra mitad con el hígado, en Arsenal se predijo que Corea-Japón 2002 sería un Mundial horrible, plagado de equipos que jugarían un fútbol muy pobre. Se pronosticó el descalabro de los favoritos que saló el rey Pelé; se mencionó a Brasil como inevitable campeón del mundo pues todo le saldría a pedir de boca; se dijo que, por descarte, llegarían Alemania y Turquía y, de no haber sido por los árbitros, hasta se hubiera podido dar la final aquí profetizada entre Brasil y España (poco probable porque Alemania, aun jugando tan mal, era más que esa España tan llena de estrellas como de dudas. Brasil, también hay que decirlo, jugó bastante bien en varios pasajes del torneo y la final no resultó para nada terrible, como aquí se pronosticó).

Pero lo importante sigue en pie: Corea-Japón 2002 fue un horror y la culpa no es de los técnicos ni de los jugadores. Es de un sistema de calendarios y exigencias comerciales y atléticas que tiene al borde de la muerte al evento que, al menos en teoría, debería mostrar a los mejores jugadores del mundo en plenitud de condiciones, como solía suceder en los Mundiales de México 86 para atrás.

Resulta paradójico que al evento que en los 70 hizo posible que el fútbol saliera del ámbito Suramérica-Europa y entrara de manera masiva en los cinco continentes se le dé en la parte deportiva un tratamiento de quinta categoría.

¿Qué sentido tiene organizar un Mundial de Fútbol para ver lo poco que queda, cuando queda, de Zidane, de Verón, de Mostovoi, de Maldini tras sus extenuantes campañas en las ligas nacionales y europeas? Es más, para ver el repertorio de –como dicen ahora– ‘gestos técnicos’ de la mayoría de las grandes estrellas toca conformarse con mirar los comerciales de Pepsi o Nike que ellos protagonizan. Porque en el terreno de juego lucen agotados, exprimidos, desmotivados.

Muchos de estos jugadores, que regresaron a sus casas deprimidos por el mal fútbol que exhibieron en el Mundial a pesar de su fama y condiciones que han demostrado en otros torneos, ni siquiera tienen tiempo para reflexionar. Ya comienzan las pretemporadas en Europa, dentro de nada arrancan las extenuantes eliminatorias para la Eurocopa de 2004, los torneos de clubes europeos cada vez más largos y demoledores…

¿Qué hacer, entonces, para salvar el Mundial?

Primera idea:
regresar a 24 ó, en un caso ideal, a 16 equipos finalistas que, en la práctica, es el Mundial de nuestros días pues se juega una primera fase muy insulsa y luego el ‘verdadero Mundial’ que arranca en octavos de final con la eliminación directa.

Segunda: darles a los distintos torneos de selecciones que se juegan en las confederaciones características de eliminatoria. Por decir cualquier cifra, que los ocho primeros de la Eurocopa y los cuatro primeros de la Copa América y la Copa de África clasifiquen al Mundial.

Tercera: que las distintas confederaciones clasifiquen de manera directa un número menor de equipos pero que tengan la posibilidad de llegar al Mundial con más selecciones luego de unos repechajes intercontinentales. Por ejemplo, que África, en vez de cinco equipos clasifique de manera directa a dos, pero pueda, en estos repechajes con equipos de otras latitudes, llegar al Mundial con siete u ocho.

Y si lo anterior es demasiado pedir porque afecta los negocios de la FIFA y sus socios comerciales, pues entonces declarar los años de Mundial como ‘años santos’ en los que los torneos de clubes nacionales y continentales bajen su intensidad a límites razonables.

Aunque, para ser francos, la única solución de fondo es que la FIFA deje de ser el Cartel de Zurich y vuelva a ser la FIFA. Es decir, la Federación Internacional de ese deporte que los ingleses bautizaron en 1863 Fútbol Association y que hoy, a pesar de todo, aún es patrimonio de la Humanidad.

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