Como la edición de aniversario está dedicada a Colombia, se me ocurre escribir algo corto sobre tres temas colombianos que me emocionan en particular.

1. EL MAPA

La geografía es una ciencia para quienes elaboran los mapas. Y los mapas son como poemas épicos para quienes los miramos sin tener ni idea de qué estamos viendo.

De todos los símbolos de Colombia (mapa, bandera, escudo), el que más me gusta es el mapa. Tal vez porque representa los territorios que conforman mi patria chica (la Sabana de Bogotá, casi toda Cundinamarca, algunos lugares del Tolima) y también los del país imaginario que he ido conociendo con los años, pero del cual me falta mucho por conocer.

Desde niño me encantaba imaginar esos lugares que aparecen en los mapas de Colombia y, sin tener ni idea cómo serían aquellos paisajes (la única referencia era el rosado de Santander, el verde del Valle, el amarillo del Magdalena, o si no el verde chillón de clima caliente, el amarillo de tierra templada, el café de frío y páramo) me imaginaba un país a partir de los nombres de los pueblos, los ríos y las cordilleras.

Nombres de lugares que no conozco y que desde que los vi por primera vez en un mapa me emociona oír su nombre. Por lo general son nombres compuestos. Ahí van algunos: Paz de Ariporo, Ansermanuevo, Belén de Cerinza, las tres Santa Rosas (de Osos, de Cabal, de Viterbo), Sotaquirá, Labranzagrande, Galerazamba. De los que conocí mucho después: Barranquilla, Barrancabermeja, La Dorada, Barichara, Bucaramanga. Y ni hablar de los ríos, sobre todo los de la orinoquia y la amazonia: Orteguaza, Ariari, Cravo Norte, Miritá Paraná. Lo mismo las montañas y las serranías: Chiribiquete, Abibe, San Jerónimo y Ayapel, Los Cobardes, Farallones de Cali, Páramo de las Hermosas...

En algunos casos ayudan a mitificar esos lugares otras razones. Por ejemplo, la historia patria. Vélez, Socorro, San Gil y Charalá, Tame y Pore, Páramo de Pisba...

Las clases de geografía: los hitos fronterizos y los accidentes de las costas como Punta Ardita, Cabo Manglares, Piedra del Cocuy, Castilletes... O las transmisiones por radio de la Vuelta a Colombia. La Virginia, Anserma, Supía, La Pintada: las metas volantes de una etapa Pereira-Medellín. En 1996 por fin recorrí esa carretera y fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Era ver, por fin, ese territorio mil veces recorrido en un mapa y por lo menos media docena de veces narrado en la voz de Alberto Piedrahíta Pacheco y Carlos Arturo Rueda C.

Otros lugares generan angustia por culpa de la violencia: Berruecos, Marquetalia, Apartadó, ni se diga La Gabarra, El Aro. Otros generan aversión por culpa de un pinche político corrupto: Chimá, la tierra de Heyne Sorge Mogollón.

Acá abajo el país se desangra, se contradice, se polariza. Desde arriba, visto en un mapa, es posible soñar todos los días con que, en efecto, Colombia podría llegar a ser algún día el mejor vívidero del mundo.

2. MEDELLIN

Solo un par de palabras. Me emociona que en una ciudad de Colombia la educación sea el pilar fundamental de las políticas de desarrollo y de reconciliación. Que barrios y comunas enteras que antes eran sinónimos de muerte hoy se reconozcan por sus bibliotecas. También me encanta de Medellín que a cada rato les rinde homenajes a sus escritores, sus pintores, sus poetas.

3. LAS TORRES DEL PARQUE

No soy arquitecto ni pretendo saber de arquitectura. Pero entre más veo fotos de rascacielos y puentes y aeropuertos y museos y estadios que construyen los Calatrava, los Foster, los Pei, los Gehrys, los Rogers.... más me quedo con las Torres del Parque de Rogelio Salmona. Nunca he logrado entender dónde nace la magia de ese edificio que sale de la tierra como un caracol y se eleva con una gracia casi imposible en edificios de más de diez pisos.

Las Torres del Parque son un verdadero milagro. Muy rara vez un edificio logra mejorar un paisaje verde como el que las rodea. El parque al lado, los cerros al fondo. Las Torres del Parque, a pesar de su tamaño monumental, dejan que circule el aire, juegan con la luz, enmarcan el cielo y las nubes.

Y qué tal esa casi que infinidad de ángulos que ofrece. Como si cada tres o cuatro metros uno mirara unos edificios distintos.

Si algo de verdad me enorgullece de ser bogotano son las Torres del Parque de Rogelio Salmona.

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