Desde hace más de 20 años me pregunto qué significa exactamente el término voto de opinión. Fue tal vez en tiempos de Luis Carlos Galán cuando comenzó a utilizarse esa expresión, para distinguir los votos del Nuevo Liberalismo, libres e independientes, de los votos amarrados y clientelistas del oficialismo liberal y de las distintas vertientes del conservatismo. Con Álvaro Uribe Vélez y la manera como ganó las elecciones, más el tema recurrente de cómo arrasa en las encuestas, el asunto ha vuelto a darme vueltas, pues me parece que hablar de voto de opinión muchas veces resulta exagerado y hasta pretencioso, y que sería mejor hablar de voto de percepción.
Volviendo a los tiempos de Luis Carlos Galán, en aquel entonces la gente votaba por 'las ideas de Galán'. Ese era el término. Sin embargo, ¿qué porcentaje de quienes votaban por él sabía cuáles eran las ideas de Galán -que las tenía, y muy estudiadas- en materias tales como transporte, minería, energía, salud pública? Muy pocos. La mayoría de aquellos votos de opinión los lograba porque su imagen inspiraba confianza. Era el precursor de lo que más adelante (tiempos de Mockus) comenzó a llamarse el antipolítico, el lado opuesto del político corrupto interesado únicamente en su beneficio personal. Su imagen inspiraba confianza. Galán se convirtió en la imagen misma de la honestidad, la transparencia, el bien público y, obvio, la lucha contra el crimen organizado de las mafias que terminaron asesinándolo.
A Álvaro Uribe Vélez lo eligió una abrumadora mayoría de colombianos que estaba aburrida de las Farc. Le creyeron el discurso y, tres años después, ese 52 por ciento que votó por él se ha convertido en un 70 por ciento que sigue creyendo ciegamente en él y que, además, parece dispuesto a reelegirlo -a cambio de nada, voto libre e independiente, 'de opinión'- para que cumpla en ocho lo que no pudo hacer en cuatro.
En el caso de Uribe ese voto de percepción tuvo un muy alto componente de 'yo quiero creer'. Había que cambiar de manera radical la inoperancia del gobierno de Andrés Pastrana. La gente quería mano dura contra las Farc y ahí estaba Uribe.
¿Qué tan efectivas han sido las políticas de Uribe? ¿Qué tanto tiene que ver en su popularidad un carisma que poco o nada tiene que ver con logros concretos? ¿Acaso el adalid de la anticorrupción y la politiquería no anda rodeado de manzanillos de la vieja clase política contra la que dice luchar? ¿Acaso no cambió la meritocracia por el clientelismo desde que comenzó a tomar forma la reelección?
¿Acaso no es un escándalo que el Gobierno haya hecho efectiva la llamada bonificación de dirección mediante la cual ordena cuatro salarios mensuales adicionales a los gobernadores departamentales y a los diez alcaldes de ciudades de categoría especial y de primera categoría, cinco salarios extras mensuales a los de segunda, tercera y cuarta, seis salarios para los alcaldes de los mil cien municipios restantes, para un gran total de 8.000 millones de pesos? A eso agréguense los cuatro salarios mensuales a los ministros, viceministros, superintendentes, jefes de departamentos administrativos, asesores de la Presidencia, el contralor y el fiscal por 72 mil millones en el 2005. Ah, ¿y qué tal el escándalo del DAS? En tiempos de Ernesto Samper habría sido "tema del día" durante meses.
Pero no, la gente no quiere oír razones. Hasta decenas de miles de los que sufren el rebusque del día a día siguen aferrados a la idea de que Uribe es maravilloso porque les va a ganar la guerra a las Farc. Y a quienes señalamos ese tipo de flaquezas, arbitrariedades y abusos nos caen con todo porque "no dejamos trabajar".
Sencillamente quieren creer. Quieren creer como los alemanes querían creer en Hitler. Los más fanáticos seguían creyendo en el führer cuando los tanques soviéticos ya se paseaban por las calles céntricas de Berlín.
¿Opinión? ¿Percepción? O peor aún... ¿pensar con el deseo? Preocupante que llamen a eso opinión. Porque, de seguir así la cosa, con semejante unanimismo basado en percepciones vagas y pensar con el deseo vamos a terminar como el Chapulín Colorado. "Yo opino... yo opino... yo opino que no me dejan opinar".

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